Estamos en Santa Clara, en el mes de julio. El sol
es abrasador como en toda la isla de Cuba. Se da entonces una particular batalla. El
arte contra el sol. El pueblo con el arte como herramienta, como cobija, como
arma. Así deberían ser todas las guerras. De luz y colores. De sueños y fuego.
Los invencibles rayos del astro rey cayendo con fuerza y la plástica cubana
ofreciéndole ruda resistencia. Pintores cubanos de varias generaciones sacando
sus pinceles de una manera peculiar. Lo que ellos sintieron un día en lo más
hondo, ahora en un parque, en una calle, en una encrucijada, en manos de todos.
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miércoles, septiembre 09, 2015
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En los últimos meses cada persona que me encuentro me pregunta cómo veo el acercamiento entre Cuba y USA. Una vez llegado de Cuba, y a la luz de la apertura de ambas embajadas, la pregunta me llega con más énfasis y nuevos bríos: ¿cómo ve la gente en la isla dicho acercamiento? ¿cómo se vive? ¿cómo impacta en la vida de los cubanos? Evidentemente es un tema atrayente que genera expectativas de todo tipo. Son complicadas sus respuestas.
Un día en la
calle escuché a un hombre que decía, “nosotros siempre esperando que alguien
nos salve, imagínate, ahora estamos esperando por los americanos” y se reía. Da
risa, sí, y quizás también ganas de llorar. Entiendo que se refería a que en
Cuba, en los últimos 55 años, hemos
dependido de países “amigos” para la subsistencia. Como se sabe, durante muchos
años la extinta Unión Soviética colaboró de manera esencial
en el mantenimiento económico de la isla. Años después del derrumbe del campo
socialista, y luego de navegar con muchas penas la tremenda crisis del llamado
“Período Especial”, pasamos a tener como gran aliado a Venezuela. La situación
del país sudamericano, inmerso en tensiones internas y crisis diversas, hace
pensar que sería sabio tener alternativas a mano.
Que el nuevo socio
vital venga a ser Estados Unidos es, al menos, polémico. Cuesta asimilar la
idea de que el país considerado durante las últimas cinco décadas como el principal
enemigo del gobierno de La Habana, venga a ser ahora nuestro salvador. El siglo
XXI parecería estar siendo demasiado dinámico. De todas maneras, no se asuste,
o al menos, no tanto, es sólo una manera de verlo. Es una paradoja sembrada en
medio de esta nueva realidad, pero probablemente no su centro.
Creo que no hay nadie en Cuba, ni en el gobierno, ni en la
gente común, que imagine sinceramente a los Estados Unidos como un país amigo
que vendrá a ayudar por simpatías y afinidades políticas o ideológicas, como
quizás sí lo hicieron las naciones antes mencionadas. Como el propio gobierno
ha dicho, creo que la apuesta es por una relación de conveniencia mutua y
respeto. Visto así parecería ser un buen paso como cambio estratégico. Es
decir, dejar de depender de países amigos que nos ayudan, para fundar un
progreso basado en la propia nación cubana como motor. Esto con colaboración de
otros, claro, pero solo en tanto estamos todos relacionados en este mundo. Mejor
aun será tener un universo variado de eventuales socios estratégicos, en lugar
de tener un único sostén. En éste sentido parecería haber dado ya algunos pasos
el gobierno de Raúl al haber ampliado lazos comerciales con China, Rusia,
Brasil y otros. En particular a través de la mega obra del puerto del Mariel y
alrededores.
Volviendo al tema
USA, cuando me preguntan sobre cómo lo vive la gente en Cuba, me doy cuenta, una
vez más, de que ciertos acontecimientos parecen más dramáticos desde afuera.
Grandes titulares en periódicos de alto impacto mediático, reiteradas notas en
noticieros, dossiers, programas especiales y demás, hacen pensar que ciertos
temas paralizan al país y está todo el mundo sólo pensando en ello. No es así,
la gente está trabajando, comprando el pan, averiguando dónde sacaron huevos,
viendo qué inventa para seguir adelante. Y entre todas estas cosas, también
piensa en lo de las nuevas relaciones con Estados Unidos, pero no al revés.
No obstante
sentí que es un tema perturbador, como casi no podía ser de otra manera.
Gravita de alguna forma sobre casi cualquier conversación seria, máxime si de
alguna forma del futuro se trata. En particular se palpita la idea de que, si
cambiaran las leyes del bloqueo, podrían llegar decenas de miles de turistas
gringos en un abrir y cerrar de ojos.
Por supuesto el
humor no ha pasado por alto el cambio de circunstancias. Mi tocayo doble, Luis
Daniel Silva, a través de su popularísimo personaje de Pánfilo bromeaba en su
programa de los lunes en la televisión cubana con que antes se llevaba muy mal
con los vecinos de enfrente, a diferencia de ahora que son muy amigos. Virulo,
por su parte, está presentando su espectáculo “Cuba sí, yanquis ¿qué?”. El cambio de discurso que requiere la
nueva etapa es difícil de digerir en dos días. El humor siempre ayuda.
Ver la bandera
de las barras y las estrellas izarse en La Habana hace algunas semanas, a mí en
lo personal, y hablando con el corazón, no me dio ninguna alegría. Los desmanes
que han ideado, desarrollado y llevado adelante los gobiernos norteamericanos
no se me pueden olvidar de un plumazo. En Latinoamérica no han ido a ningún
país con intenciones de ayudar realmente a su pueblo, más bien han hecho lo opuesto
en casi todos los casos. No tendría por qué ser distinto en Cuba.
El punto es que
concretamente ese enorme país existe, está a noventa millas de Cuba, e intentar
ocultarlo con un dedo no es un camino. Quiero decir, objetivamente parecería
que lo más sensato es tener relaciones diplomáticas, como las tiene cualquier
otro país. Esto sumado a la insoslayable realidad de que miles de familias
cubanas radican en ese país. Dinamizar las relaciones de las familias separadas en las dos orillas, cooperar con una reconciliación comenzada ya hace años, es una
arista afortunada del asunto.
Si realmente llega
una avalancha de turistas del norte y el dinero que dejen se recauda,
redistribuye y repercute en mejoras económicas para la mayoría de los cubanos.
Si el gobierno cubano (el actual y los que vengan) logra mantener a raya la
injerencia en asuntos internos. Si el país consigue mantener su rumbo propio y
edificar una realidad culturalmente rica, y eso se consigue asociado a esa tan
ansiada y postergada prosperidad, la jugada habrá sido un éxito.
Si se instalan
y arraigan “valores” norteamericanos como la veneración de la comida rápida, el
consumismo indetenible, el individualismo, la competitividad por encima de cualquier
cosa y paradigmas lamentables como ese de dividir al mundo entre winners y loosers, estaremos jodidos. Pero como decía antes, continuar aislados no es un camino
viable para evitar esos males u otros peores. Así que no queda otro que correr
el riesgo. Como dice Martinez Heredia en un artículo reciente sobre el tema,
pronto estaremos en medio de una gran pelea de símbolos. Y varias peleas más,
agrego yo.
Cuando era niño siempre estaba presente la idea de
que podían llegar los americanos. Una invasión del gran enemigo era una posibilidad para la que supuestamente nos preparábamos sin cesar. En muchas
ocasiones incluso se bromeaba con el tema, si sonaba una explosión, de un tubo
de escape, por ejemplo, alguien decía: “llegaron los americanos”. Según el
discurso oficial nuestro pueblo aguerrido estaba listo para repeler un ataque
de la potencia vecina. Resistiríamos gracias a nuestros ideales. Por suerte no
hicieron la prueba. Muchos años después parece que llegan los americanos de una
forma muy distinta. Veremos qué pasa.
martes, agosto 25, 2015
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Hay una frase que se hizo popular en Cuba en los últimos años que reza: “la cultura no tiene momento fijo”. La he analizado varias veces y no logro comprenderla cabalmente. O sea, como dijera, en la obra “La comisión”, el gran Daniel Rabinovich1: “yo no lo entiendo”. No obstante la frase tiene algún misterioso magnetismo que me ha hecho pensar en ella más de una vez.
Tal vez me
venía a la mente al ver que La Habana está culturalmente más activa que nunca.
La Duodécima Bienal de La Habana, recientemente finalizada con mucho éxito, fue
un ejemplo elocuente. Un evento donde el arte se entremezcla de manera virtuosa
con la urbe y su gente. Se da allí un fenómeno que siempre debería ser
codiciado por el arte: que sea realmente popular sin perder por ello nivel
artístico.
En la escena
musical es quizás más latente aún. La ciudad está encendida. La música la toma
por asalto cada noche. Tanto es así que ha continuado el flujo de músicos que
habían emigrado y vuelven a instalarse en la isla. Les va mejor allí. Los
lugares con música en vivo han aumentado y por lo general están llenos. Ganan
bien por la noche y por la mañana se nutren del aroma musical del mar que los
vio nacer. Dicen que inspira como pocos.
Uno de los más
encumbrados entre los que se ha sumado al regreso es Isaac Delgado. Su
reencuentro con el público cubano ha sido un lindo romance y una oda a lo
poderoso de las raíces y la idiosincrasia.
Para los que
vuelven, y también para lo que nunca se fueron, está ahora la atractiva
posibilidad de ir a tocar a USA de vez en cuando. Corren nuevos vientos, a los
artistas les dan visas y facilidades para viajar. Muchos músicos y grupos lo vienen haciendo en los últimos años sin dejar de tener su residencia principal en la
isla. Viajan por un fin de semana al país vecino, hacen un par de conciertos y
regresan. Está bueno.
En medio de
éste fulgor, o más bien como parte esencial de él, no puedo demorarme en
mencionar a la Fábrica de Arte Cubano (FAC). El talentoso X Alfonso dejó de
lado su carrera musical por un tiempo y ha creado, junto a sus colaboradores,
éste espacio espectacular. Llegué allí con el peligro de tener altas
expectativas e igual quedé impresionado. Es un lugar hermoso, cuidado en cada
detalle, en cada rincón, lleno de magia. Un centro donde las salas para
conciertos conviven armoniosamente con exposiciones de fotos, de plástica, de
arte contemporáneo. Con varias barras de bebidas, espacios al aire libre,
salones inmensos, salitas pequeñas y acogedoras, da gusto recorrer un complejo
hábilmente diseñado y refaccionado, en lo que era una antigua fábrica,
abandonada durante muchos años. El precio de la entrada (50 CUP) es accesible
para un sector muy amplio de la población.
Otro espacio
totalmente nuevo, y mucho menos conocido, me gustó más aun, si es que cabe. Me
refiero al Museo Orgánico del Romerillo (MOR). Un lugar ideado, producido y
dirigido por el artista plástico Alexis Leyva. Si ese nombre no le dijo nada, tal
vez Kcho sí le suene. Kcho es un personaje polémico y pintoresco. Negro,
grandote, gritón, de voz ronca y dicción dificultosa, amigo de Fidel (tanto que
el anciano ex presidente, que apenas sale de su morada, dijo presente en la
inauguración del MOR), reconocido internacionalmente por su obra plástica,
seguidor extravagante del equipo de pelota de la Isla de la Juventud, si te
cruzas con él en algún lugar no pasará inadvertido.
El lugar nos lo
explicó el propio Kcho en persona. Ya habíamos dado una primera recorrida cuando
lo vimos que iba saliendo a bordo de su tremenda camioneta. Le comentamos que
estaba muy lindo el proyecto y eso fue suficiente para que decidiera bajarse.
Dejó el motor encendido y fue a explicarnos mejor el asunto. Nos dirigió hacia
un mapa de colores y nos fue contando la historia mientras señalaba distintos
puntos del mapita. Con su voz gruesa nos relató que durante diez meses se enfocó
por completo en sacar adelante el proyecto. Dejó a un lado su obra creativa, canceló
todos sus compromisos internacionales y en ese tiempo levantó el grueso de las instalaciones
del centro. Varias salas expositivas, hermosas, arregladas, climatizadas. Otros
espacios para la creación, talleres que podías recorrer y ver a los artistas
trabajando, entre otros. Teníamos que escucharlo con mucha atención pues su
pronunciación así lo requiere. Nos contó que el predio estuvo abandonado
durante años y que se sentía feliz del lugar elegido. El Romerillo es un barrio
donde la mayoría de las familias es de bajos recursos. Un barrio compuesto por
casas muy humildes, algunas de ellas en muy malas condiciones. “Éste es mi
barrio en La Habana. Yo pasaba todos los días por esta esquina cuando estaba en
la Escuela de Arte”, nos dijo mostrando su sentido de pertenencia con el lugar.
Lo que más me
gustó de lo que nos contó Kcho con orgullo, y que después comprobamos, es que es
un proyecto mucho más abarcador que el centro en sí. Interviene en todo el
barrio y hace partícipes a los vecinos. Han arreglado varias calles y plazas en
los alrededores. En las cuadras adyacentes hay varias obras de arte que
interpelan al barrio de diversas maneras. En particular han remodelado una
bodega de modo que los vecinos compran el pan, y los pocos productos aún
racionados por la libreta de abastecimiento, en medio de cuadros y obras de
distintos artistas. Una emotiva carta (foto abajo) de una señora de otro barrio
da cuenta de la incidencia del MOR en su entorno.
Me emociona ver
proyectos comunitarios en la isla. Sobre todo si son independientes, si
involucran a los vecinos de forma genuina y sin estar bajo el ala controladora del
estado2. Es algo que hace años extraño y que creo es vital para tener una
sociedad dinámica y creativa. Aunque el proyecto de Kcho pueda tener el visto
bueno del poder, por ser quién es, no deja de cumplir esas cualidades que menciono.
Y además no es el único que ha surgido en los últimos tiempos.
Volviendo a la
FAC, entre los varios conciertos que fui a ver, estuve en uno muy bueno donde
tocaban Carlos Miyares en el saxo, Chicoy en la guitarra, Oliver Valdés en la batería
y Raúl Tobías en el bajo. Si cuatro mostros se juntan por lo general suena muy
bien. Cuando terminó me encontré a los músicos en uno de los patios y estuvimos
charlando un ratico. Le conté a Miyares que lo había visto un tiempo atrás en
el Gran Rex cuando vino con Chucho Valdés y The
Afro Cuban Messengers. Me dijo que le había gustado mucho Argentina y le
contaba fascinado a Chicoy que en la ciudad de Córdoba habían ido a un
restaurante a las tres de la mañana, que estaba lleno y el mozo los atendía como
si fueran las ocho de la noche. Le brillaban los ojos. Pienso ahora que Miyares
era partidario de que la comida tampoco tuviera momento fijo.
1 Daniel Rabinovich: fundador de Les Luthiers, genio inigualable de la escena teatral y humorística. Falleció el pasado 21 de Agosto dejando un hueco profundo en la cultura mundial.↩
2 En tierras donde el neoliberalismo arrasó, como en la mayoría de los países latinoamericanos en la década del 90, hablar en contra del estado no me gusta. Soy defensor de un estado con fuerte presencia en la sociedad. Venir de Cuba, donde el estado nos ha ahogado en muchos sentidos con su omnipresencia, no me ha hecho perder la perspectiva de su importancia como ente regulador de la justicia e igualador de oportunidades. Pero todo en exceso es malo, incluso el estado.↩
lunes, agosto 17, 2015
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No quería, pero
voy a tener que mencionar la manida frase. Esa que dice que un saco de palabras
es un desperdicio al lado de una buena imagen. Pasa que no siempre se tiene la camarita
lista. A veces te lamentas bastante. Me pasó en una tienda en moneda nacional
en Habana del Este. La muchacha que debió atenderme merecía una foto. En
realidad era una foto fija incrustada en una secuencia de video.
Es una mulata
de muy lindas facciones y bastantes kilogramos de más. Está sentada en una
silla de frente a la puerta. Su pesado brazo se apoya con el codo en el
mostrador y permite que la mano sea una perfecta almohada para su cabeza que
reposa allí, ladeada. Su mirada inexpresiva registra mi ingreso a la tienda, no
se inmuta. Parecería que no se cuestiona absolutamente nada desde hace años. Yo observo los productos que
se exponen, me hago preguntas en voz alta, las intento responder por mí mismo. Ella
continúa inmutable. En un momento dado le pregunto si tienen líquido para
fregar. Me mira y sin levantar su cara de la mano-almohada, apenitas moviendo
la cabeza, me dice un rotundo “no”. Es un digno ejemplo de cómo economizar
movimientos, energías. Me dan ganas de sacudirla, de pedirle que se espabile,
que se levante, que viva. Me contengo. Echo una última mirada a la dependiente-foto-fija
y salgo de la tienda.
La imagen es
quizás una buena representación de las tiendas del comercio minorista del país.
Un camión inmóvil en medio del tránsito. En su inmensa mayoría controlados por
el estado, estos establecimientos apenas han cambiado su cara en los últimos
años. En un país que se mueve, que cambia, que intenta crecer, donde además no
existe un mercado mayorista para los negocios privados, un mercado minorista
deficiente es el camión de marras en medio de la vía, trabando toda la circulación,
generando caos, enojo, peleas.
Las tiendas de
moneda nacional suelen ser lugares feos, grises, vetustos. Los productos, por
lo general provenientes de la deprimida industria nacional, tienen una
presentación básica y descolorida, y no suelen tener mucha calidad. La atención
no es agradable, como pudieron ver a través de mi dependiente fotogénica. No
obstante algunos productos sólo se consiguen en estas tiendas, e incluso pueden
ser los mejores del mercado. Me dijeron, por ejemplo, que “el líquido de fregar
de pesos cubanos” era el mejor. No pude comprobarlo porque nunca lo conseguí,
pero dicen que de vez en cuando “sacan”.
He empleado los
términos “moneda nacional” y “pesos cubanos”. Para un cubano, o un extranjero versado
en cubanerías, es claro a qué me refiero, para el resto de los mortales es más
bien confuso. Y es que así es el sistema de dualidad monetaria1 que existe en
Cuba hace más de dos décadas: complicado de entender. Tanto es así que sus
denominaciones no lo explican en lo más mínimo. Ambas monedas son nacionales,
ambas son “pesos cubanos”.
En varias notas
oficiales se ha dicho que la unificación monetaria está en camino, pero para no
desmarcarse de ese aura misteriosa que le gusta a nuestro gobierno, no se sabe cuándo
ni cómo. No obstante algunas medidas se han tomado para lograr ese objetivo.
Por un lado, en muchas de las tiendas recaudadoras de divisa, o sea en CUC, ya
se puede pagar también con CUP, haciendo la conversión al cambio oficial. Además crearon nuevos billetes de CUP
de alta denominación (100, 200, 500 y 1000) que ya circulan.
Volviendo al
tema del mercado minorista, en las tiendas en CUC el panorama es distinto, pero
tampoco muy alentador. Los empleados por lo general no es que te atiendan bien,
pero tienen un poco más de interés en trabajar. Los locales no son tan desvaídos,
y hay muchos más productos. El tema es que si el punto de comparación son las
tiendas en moneda nacional es fácil salir bien parados. O sea, no se ilusione.
Al menos yo no
necesito dieciocho marcas de papel higiénico, como sucede en el mundo
capitalista tradicional, me basta con que haya papel higiénico, pero eso no
siempre se cumple. Con frecuencia ocurre
que no encuentras productos básicos. Suele pasar que para hacer una compra básica
no sea suficiente con ir a un solo lugar. Debes hacer un paseo donde visitas
varias tiendas, y ni así estarás seguro de obtener todo lo que necesitas. Si
estás de turista quizás hasta te gusta el tal paseo, pero cuando tienes la vida
cotidiana encima, y además el calor que ya les narré, no es nada divertido.
Para contrarrestar
esta falencia del sistema se ponen en práctica dos métodos criollos que no
resuelven el problema pero lo alivian. La ayuda vecinal y la comunicación intempestiva
en la vía pública. El primero consiste en que si compraste algo que anda medio perdido
y te encuentras a un vecino se lo comunicas ipso facto no sea que él también lo
ande buscando. El segundo consiste en que si ves a alguien por la calle con
algo que necesitas en la mano, lo abordas y le preguntas dónde lo compró. Por
lo general la persona te responderá de forma amable y probablemente te de
información de si quedaba mucho o no para que sepas cuánto debes apurarte.
(Déjenme hacer
un paréntesis indispensable para quién lo necesite. No estoy hablando de
tiendas subsidiadas por el estado donde podría uno ser “comprensivo”, me
refiero a tiendas donde cada producto tiene una ganancia para el estado de un
240%, y donde además va a comprar la inmensa mayoría de los cubanos. Al menos
alguna vez a comprar algo. A las tiendas con productos subsidiados y racionados
se les conoce como “la bodega”, de esas les cuento luego).
En resumidas
cuentas el sistema de importación, producción, distribución y reposición de
productos es un verdadero desastre. Cuando vas a la tienda tienes que comprar
lo que haya no sea que lo necesites la semana próxima. También hay productos
que se “pierden”. Antes mencioné al papel higiénico porque es uno al que le
gusta perderse, para mi suerte, no fue el caso en mi estancia allá.
Lo que sí
estuvo de moda fue la escasez de cervezas nacionales, entre otras cosas. Todo
parece indicar que el consumo de cerveza ha aumentado, no así la producción. Se
dice que los negocios privados (restaurantes, bares, cafeterías), en real
expansión y crecimiento, las compran por cajas y ya tienen cuadrado con los
almaceneros para que se las guarden. Otra vez uno se pregunta cómo es que no se
ha creado un mercado de venta mayorista. Fue así que con ganas de tomar cerveza
cubana, tomé cervezas dominicanas, belgas, holandesas, españolas y hasta una
portuguesa. Hice un no deseado tour por cervezas del mundo guiado por la ley de
“la que hubiera”.
Por cierto, en
éste mundo no falta la gente “creativa”, en Cuba tampoco, y donde hay una
escasez puede surgir un negocio. Si de noche salías a comprar cerveza a los
lugares habituales de venta nocturna (Infotours, DiTú, DiMar, Cupet, etc.) al
llegar te enterabas de que no había cerveza nacional. Y justo a medio metro del
mostrador encontrabas a varias personas con neveras plásticas ofreciéndote las
mismas, pero con su valor incrementado en 1.5.
Hay cosas que
son complicadas de lograr en un país. Organizar un sólido sistema de
distribución y reposición de productos para unas ventas que dan un amplio
margen de ganancia no parecería ser uno de ellos. Hay que buscar gente con
ganas de hacerlo y pagarle bien, para que tengan ganas, y para que le sea
rentable trabajar y no robar. Si eso sucede nos beneficiamos todos.
Aquí me he
referido a las deficiencias por problemas de organización. El tema de los robos,
en la cadena de distribución y ventas, lo voy a mencionar en otro post. Creo
que son cosas diferentes, aunque vaya uno a saber cuan perversamente podrían
estar trenzados.
Para terminar les
cuento una anécdota en otra tienda en moneda nacional. Esta vez fue en el
Náutico, en el oeste de la capital. La mujer que me atendió estaba sentada del
otro lado del mostrador de vidrio, ella sí atenta a los clientes que entraban. La
saludé y examiné los productos que se podían ver bajo el cristal. Encontré lo
que andaba buscando: cajitas de tomacorrientes para poner en la pared. Cuando
le pregunto el precio me dice que cuarenta pesos y acompaña su respuesta con un
movimiento negativo con la cabeza. No entiendo. Le digo que me deje verlo y me
responde algo irritada, “te estoy diciendo que no, pero tú insistes” y me
extiende el producto de mala gana. Lo examino, ya perturbado por la actitud de la
vendedora. Se veía artesanal, sin un buen terminado, pero quizás no era malo,
no sé, no soy experto y llevaba días buscándolo. Tuve dudas. Le pregunto, “¿qué
pasa, son malos estos?”, y me responde indignada, “niño, pero en qué idioma
tú entiendes, te estoy diciendo que eso no sirve y tú no quieres entender, si
tú quieres cómpralo, pero te estoy diciendo las cosas”. Todavía dudé un poco,
pero con semejante arenga era difícil darle el sí. Decidí no comprar. Me quedé
mirando un poco más la tienda y llegó otra cliente, una muchacha joven que le
pidió dos cepillos de diente a la beligerante dependiente. “Eso no sirve para
nada, te lavas dos veces y lo puedes botar”. La chica dudó un instante e iba a
marcharse, pero recapacitó, fue fuerte, “dámelos, de todas maneras no tengo más
ninguno”. La miré con admiración y sana envidia.
lunes, agosto 10, 2015
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Hay unas
cincuenta personas en la sala de espera. Ella revuelve su bolso, saca el
celular, mira la hora. Son apenas pasadas las nueve de la mañana. Para la mesa
de información hay sólo dos personas en cola, espera su turno. Su elegancia y sus piernas bien torneadas llaman
la atención de más de uno de los que aguardan en la sala. Cuando le toca
preguntar le indican que su trámite es arriba. Respira aliviada, se acomoda una
vez más su melena rubia y brillosa, sube la escalera. Los tacones resuenan con elegancia en cada escalón.
En el piso de arriba se hacen trámites
migratorios. Hay poca gente, la atienden rápido. La oficial busca su expediente
en una gaveta, lo revisa brevemente y asiente con una leve y educada sonrisa. Saca
un papel de la carpeta y se lo extiende.
-Su trámite fue aceptado, el niño ya tiene la
nacionalidad cubana. Con éste documento y el carnet de ambos padres, deben solicitar la
confección de su tarjeta de menor en la planta baja –le dice de un tirón.
-¿Cómo? –dice con la cara desencajada, arrugando
los ojos, moviendo la cabeza como quien se sacude una información que no quiere
escuchar-. Pero yo no quiero que mi hijo sea cubano, yo no pedí eso.
-Bueno, compañera, aquí figura la solicitud hecha
por usted de avecindamiento y ciudadanía.
-No, no, para hacer un trámite me dijeron que
tenía que hacer el avecindamiento del niño, pero nadie me habló de ciudadanía.
Yo no quiero que me hijo sea cubano.
-Compañera, la asesoraron mal, nosotros no tenemos
culpa. El avecindamiento es un trámite que solamente se hace como paso previo
para la ciudadanía. Lo cierto es que ahora el niño es cubano, tiene un número
de identidad asentado y eso es irrevocable.
-No, no, pero cómo usted va a decirme eso.
-Compañera, ya le expliqué. Si quiere vaya al
ministerio y presente su caso a ver qué le dicen. Quéjese allí. Nosotros no
podemos hacer más nada. ¡Próximo!
La escena es real. La presenciamos en una oficina
de Carnet de Identidad e Inmigración. Su mensaje es perturbador, es duro. Frank
Delgado y Buena Fe lo dicen claramente en una canción: “el patriotismo entraña
muchas restricciones”. En particular restricciones relacionadas con los viajes
y migraciones, tan corrientes en éste siglo XXI.
Viajar en Cuba, ya sea por trabajo o por motivos
personales, ha sido durante muchos años un dolor de cabeza. Cada trámite, cada
paso, cada escalón hasta llegar al ansiado viaje era una odisea. Creo que más
de uno habrá deseado, al menos por unos segundos, en medio de esos calvarios,
no ser cubano. La nueva ley migratoria ha venido a cambiar sustancialmente esa
realidad, no del todo pero sí en gran medida. No obstante el fantasma de que un
viaje se “trabe” en cualquier momento sobrevive en el inconsciente colectivo. Y
peor aún, de vez en cuando pasa.
Un paso más allá de los viajes, o de la salida del
país en sí, está el fuerte flujo migratorio que hace ya bastantes años
atraviesa a la sociedad cubana. Miles de personas emigran cada año a radicarse
fuera. En particular jóvenes, en especial gente preparada, valiosa,
indispensable para hacer que un país avance. Vencer los desafíos monumentales que
tiene hoy la nación cubana pasa necesariamente por detener esa sangría de gente
en estampida, y en el más romántico de los casos, por favorecer un retorno de
al menos una parte de ellos.
Hasta hace unos años la estrategia era, por un
lado, usar la fuerza: restricciones, leyes absurdas, trabas para la salida del
país, dificultades para el manejo de los bienes de los ciudadanos emigrados o
con planes de emigrar. Las cosas a la fuerza, a la larga, siempre son un
fracaso, éste caso no fue la excepción. Y por otro, intentar convencer con
diatribas patrióticas, con consignas, con moralinas, que quizás tuvieron fuerza
en otra época de futuro esperanzador, pero que han tenido probablemente un
efecto adverso en los últimos años de duro presente.
Creo que el único modo de evitar la emigración de
marras es multiplicar las formas de ganarse la vida dignamente. O sea, generar
puestos de trabajo bien remunerados, generar riquezas para remunerar bien los
que ya existen, crear oportunidades para el emprendimiento de proyectos con
posibilidad de ser exitosos.
Algo ha cambiado al respecto. Hay centenares de
nuevos negocios por toda Cuba. En particular en La Habana se ven por todos
lados locales con comercios que no existían hace muy poco. Bares, cafeterías y restaurantes
de diversos tipos son los que más, pero además, dulcerías, panaderías, locales
donde arreglan celulares y computadoras, peluquerías, gimnasios y un gran
etcétera. A los dueños de todos esos negocios no parece estarles yendo mal, y
los trabajadores ganan seguramente mucho más que lo que lograban ganar hace un
tiempo. Un artículo publicado recientemente en El País de España da cuenta de
varios de estos casos en La Habana Vieja.
No obstante no alcanza aún para cambiar la
ecuación. Sigue sin ser mayoritario el grupo que puede beneficiarse de los
nuevos aires. Los salarios del estado siguen siendo muy bajos. Como resultado
sigue estando en el horizonte de muchos jóvenes la idea migratoria.
La diferencia positiva está en que ahora mucha
gente trata de no emigrar del todo. Intenta ir y venir o dejar las puertas
abiertas en la isla para un eventual retorno. Y más aún. La escena que narré al
principio es en sí misma elocuente, pero no lo dice todo. Tiene como contracara
miles de cubanos que están realizando trámites de repatriación. Conocí a
varios. Por ejemplo un taxista en Santa Clara que había vivido más de 15 años
en España donde ahorró algo de dinero. Ahora regresó, se compró una casita, un
carro y vive de taxista. Vive mucho más tranquilo, me contó.
Otros hacen la repatriación para poder volver a
vivir cuando quieran, o cuando lo necesiten, para poder comprarse una casa como
inversión, o para poner un negocio, pero no necesariamente para instalarse del
todo en la isla. Ese era el caso de un moreno que me encontré en la cola de una
notaría. Vivía hace más de diez años en Moscú y allá estaba “luchando” el día a
día. Le digo:
-Entonces vuelves a vivir pa’ acá.
-¿Quién te dijo a ti que vengo a vivir? –me
responde con su voz gruesa y una guapería que no ha mutado ni un pelo en un
decenio de nieve.
-Bueno, como estás haciendo el trámite de
repatriación, pensé que...
-Coño, asere, pero y si me quiero comprar una casa
aquí, o cualquier volá de esas.
-Tienes razón. Ven acá, ¿y qué opinas de Putin?
-Olvídate de eso, ese tipo es el caballo1.
1 En la jerga cubana se le dice "caballo" a quién sabe mucho de una materia, o es muy bueno haciendo algo.↩
viernes, julio 31, 2015
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Foto: Kaloian Santos Cabrera
Estamos en el
límite entre Cojímar y la Villa Panamericana, dos barrios periféricos de La Habana, al este de la ciudad. Salimos
de casa de una amiga. Sol inclemente. Oliverio (un año y dos meses) decide tomar
las riendas de la familia. Se manda a correr hacia dirección desconocida sin
proponernos consenso, ni darnos derecho a réplica. Lo seguimos. Unos pasos más
allá está su destino: unos niños que corren y juegan alegremente en unos terrenos
de básquet.
En el cemento gastado por tantas pisadas, apenas quedan marcas de la pintura que alguna vez demarcó el terreno de juego.
Los aros están viejos, rotos y oxidados, las rejas que rodean el predio también.
Resulta ser el patio de una escuela primaria. Niños de distintas edades juegan
y corren libremente. De reojo los miran un par de muchachas de unos 25 años que
parecerían ser las maestras o auxiliares. Nos miran con cierto desprecio. Se
debe notar que no somos del barrio. Sus miradas hastiadas contrastan con el
brillo que irradian las de sus alumnos.
Oliverio
corretea libremente e interrumpe partidos de fútbol y otros juegos organizados.
Los niños mayores, indulgentes, lo dejan hacer no sin cierta incomodidad. Nos
ponemos a conversar con algunos de ellos. Es fácil entablar conversación. Todos
tienen grandes preocupaciones efímeras que nos comparten sin pudor. “Manolito
que siempre le da a los otros niños”, “a Yenier la maestra lo regañó por
indisciplinado”, y otros debates por el estilo.
Una niña de
unos siete u ocho años que jugaba en otro grupo se acerca. Sin saludarme, ni
dirigirme frase introductoria alguna, me pregunta: “¿tú eres del Real Madrid o
del Barcelona?”.
jueves, julio 30, 2015
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Según un
querido amigo, Raúl Castro es el genio político del siglo XXI. Me cuesta
aceptarlo, pero me gusta que lo piense. Mi amigo es un tipo inteligente, vive
en Cuba, sabe mucho, respeto su opinión. Le pido que argumente su aseveración. Me da una serie de elementos
interesantes.
Raúl ha hecho
una transición de gobierno y ha cambiado la manera de gobernar sin que se
genere ningún roce desestabilizador. Se sabe que poco a poco ha ido desmontando
toda la estructura Fidelista. Moviendo piezas con discreción ha ido poniendo a
su gente sin que nadie se revire. Probablemente no ha logrado remover a todos
los que quisiera, ni movido todo lo que le gustaría, pero la política es un
juego de concesiones y acuerdos, incluso en la isla, donde puede parecer que
todo es un monolito vertical. No lo es. En el pico de la pirámide hay poderes
que se contraponen y se disputan. Dentro del círculo del poder, quizás su
movimiento más interesante fue poner a Díaz-Canel como primer vicepresidente, o
sea, como segundo del país
Díaz-Canel es
un tipo joven y quiero yo pensar que tiene buenas y nuevas ideas. De algunas he
tenido noticia. Es por ejemplo de los que impulsa la llegada de internet por la
puerta ancha. Y al menos estoy seguro de que tiene mejores ideas que Machado
Ventura, que debe de tener tantas ideas nuevas como pelos en la cabeza.
Raúl ha llevado
adelante una política exterior novedosa. Se ha sentado, para empezar, con todos
los acreedores de Cuba y ha empezado a poner las cuentas en orden. Un orden que
ha incluido cancelación total o parcial de la deuda por parte de algunos
países, reestructuración de deuda en otros casos, planes y estrategias de pago
claras para el resto. Sin cuentas claras, no se pueden pedir préstamos, ni
pretender grandes inversiones y en éste mundo es complicado desarrollarse sin
adelantos del vil metal. Se ha sentado a conversar con líderes de todos lados y
todo laya. Esto no quiere decir perder soberanía, ni clausurar ideales. El
pueblo cubano necesita mejoras económicas y eso pasa por tener buenas relaciones
con el mundo que te rodea (sin que sea esto lo único que se necesita, claro
está).
Las estrategias
han traido resultados. Inversores de varios países se pelean por hacer negocios
con la isla. Cuba fue invitada por primera vez a la cumbre de las Américas con
un pedido implícito de disculpas, y parecería estar cerca de ser reintegrada a
la OEA. En palabras de mi amigo: “tiene a todo el mundo comiendo de la mano”.
En otro orden de
cosas ha llevado adelante un conjunto de cambios, que han sido lentos, que
ahora que los tenemos pueden parecer evidentes y naturales (como el hecho de
poder comprar y vender casas libremente, o salir y entrar del país sin pedir
permiso a nadie, por poner dos ejemplos), pero que hace un par de lustros no se
vislumbraban.
Como último
golpe ha liderado el relanzamiento de las relaciones con los Estados Unidos. La
gran potencia que tenemos al lado. Es un tema polémico, ya sé; es una jugada
que está por ver qué depara, pero nadie puede negar que ha sido un golpe de
timón novedoso y sustancioso. Si el asunto se mantiene sin que el país ceda su
soberanía ante la gran potencia y además deriva en mejoras económicas,
bienvenido sea. Está por ver.
Todo esto lo ha
hecho el actual presidente sin estridencias, sin ampulosidad, sin jactarse de
grandes movidas. Parecería que le interesan más las acciones que las palabras,
algo que se venía necesitando en la isla hace mucho. Sin
menospreciar el poder vital de los discursos y de la conciencia en una
sociedad, si esta se intenta sustentar sólo con esto (discursos, arengas) y
voluntarismos románticos, todo parece indicar que fracasa.
Tiene razones
mi amigo, seguramente podría darme más aún, probablemente me dijo algunas más
que naufragaron aquella noche en los rones de mi memoria. Respeto su punto, no
obstante lo de genio político me sigue costando aceptarlo. Digamos que todavía
está por ver. Si finalmente hay una mejora económica clara para la mayoría de
los cubanos, si luego del vendaval no se va a pique la mellada educación
pública, la sofocada salud universal, los valores culturales aún latentes pero
amenazados, etc., entonces hablamos.
(Hago una
digresión final tal vez necesaria. Tanto al amigo de marras,
como a mí, nos gustarían muchas cosas que el gobierno de Raúl no ha hecho. Por
ejemplo, un empoderamiento profundo del pueblo, más participación popular en la
toma de decisiones, menos secretismo de las cúpulas, menos verticalidad, más
pluralidad en los medios de comunicación y un largo etcétera. No obstante la
política no puede analizarse desde otra óptica que no sea la realidad existente
y posible).
miércoles, julio 29, 2015
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Hace mucho
calor, pero mucho. La frase anterior es una mierda. Lo intento de manera más
poética: las babas incandescentes del infierno caen sobre La Habana, cada
cuerpo es tocado por ellas inexorablemente y entonces, suda, sufre, pierde su quintaescencia,
su alma, su calma. Mucho peor. El calor del trópico no hay que tratar de
describirlo.
No debería, en mis
crónicas de Cuba 2015, hablar del clima. Es una porquería. Es quizás un fracaso
como cronista. Uno habla del clima en el ascensor, en esos pesadísimos minutos
en los que no tiene qué carajo hablar con el vecino. Cuando no tienes nada que
contar, cuando lo que podrías decir es tan intrascendente que prefieres
mencionar el calor, el frío o la lluvia. Pero no puedo hablar de mis
experiencias en Cuba sin mencionar el calor. Ocupó demasiado mi mente, sería
deshonesto.
Hacía años que no iba en Primavera-Verano (por decirlo en clave de campaña
publicitaria, todo el mundo sabe que en Cuba hay sólo dos estaciones: el Verano
y la estación de trenes), no obstante se nota la diferencia con el invierno
tímido de otros viajes.
Unos minutos después de llegar, salí a buscar algo
de comer por el barrio. En una cafetería, de esas clásicas cubanas de comer
parado, pedí un par de sándwiches y un jugo de mamey. Mientras esperaba
llegaron otros dos clientes. Dos muchachos de unos veinte años, fornidos, con esos raros peinados nuevos. Pidieron
unos batidos, y mientras los tomaban, uno le dice al otro, “ño, asere, lo que
está cayendo es… candela1”
(es una frase típica de cuando hay mucho calor, no sé por qué esa idea de que
el calor cae). Los muchachos no
parecían estar recién llegados a Cuba. O sea, que yo estuviera asombrado por el
calor era normal, que ellos, que estaban muy probablemente hace veinte años
ininterrumpidos allí, lo estuvieran, al punto de tener que comentarlo, da una
idea del calor que hacía. Unos días después supe por la prensa que en esos días
de Abril habíamos tenido records de calor (records absolutos, no para el mes de
abril).
Bueno, creo que fue suficiente con la bobería del
calor. Pero intente usted, cuando lea las próximas entradas de “Cuba Cortas
2015”, imaginarse cada escena, cada pasaje, cada reflexión con calor.
En la isla están cambiando mucho las cosas, así
que en lugar de una crónica larga como otras veces, decidí dar flashazos,
imágenes, momentos, siempre sin afán alguno de sugerir para dónde va aquello. Creo que nadie lo sabe a
ciencia cierta. Eso sí, el barco se mueve, de eso no hay dudas. El que no quiera
verlo quizás tiene mucho calor.
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