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Me dijo: “calma no es quietud”.

EPDLM

 

Con esta quinta pincelada termino la serie. No estoy inspirado. Lo siento (en ambos sentidos). Me llegan repercusiones. Gustavo, desde Seattle, me dice que me faltan matices, que no aquilato los privilegios que tenía cuando vivía en Cuba, le discuto, pero algo de razón tiene. Ale, desde Santiago de Chile, me dice que los textos están fomes (aburridos), no le discuto nada. También un poco de razón tiene. Honré la amistad. Cumplí con los guardianes de la tradición. Así que sin culpa puedo cantar: “me voooooy, pa’ mi casa”. No obstante, antes, les dejo un road trip de despedida.


Cuando voy a Cuba siento que el tiempo va a una velocidad distinta. Acelerada. Amigos. Familiares. Compromisos. Visitas. Lista de cosas que no quiero dejar de hacer y que nunca puedo completar. Villa Clara. Ir a la playa. Paseos con y sin niños. Conseguir cosas para hacer el almuerzo. Caminar por el Malecón. Se rompió el motor, no hay agua. Conseguir un plomero. Regalos para la vuelta. A fulano que lo quiero ver de nuevo. Comprar algo para que los niños tengan merienda y evitar así que se cuele Capricheta. Bailar. Salir de noche. Trámites. Comprar ron para llevarme y que me dure hasta el próximo viaje. Aprovechar el día. Y así, un día estoy llegando al aeropuerto José Martí, el oficial que me acuña el pasaporte me dice “Bienvenido a la Patria”, pestañeo, y ya estoy de vuelta camino a Rancho Boyeros para tomar el avión de regreso. ¿A ustedes también les pasa? Vamos, entonces, con ese ritmo huracanado. Ajústense los cinturones.

 


Arribamos a La Habana de madrugada. Llueve a cántaros. El señor que nos iba a buscar tuvo un problema, me avisa mi papá durante la escala en Panamá. Salgo haciéndome el de que a mí no me van a meter precio turista. Veinticinco dólares. Ta’s loco, papi. El tipo me mira con una sonrisa compasiva, casi paternal, se aleja unos metros. Miro a mi alrededor a ver qué puedo luchar. Cada taxista tiene más cara de camaján que el otro. Pienso en reclamar el precio oficial que dice en un cartel inmenso (unos 10 dólares al cambio de la calle). Pero, ¿a quién? Veo un señor de camisa azul que viene caminando y pienso que es el indicado. Me da una esperanza. Miro bien y me doy cuenta de que es el señor de la limpieza. Los niños lloran. Salimos de Buenos Aires hace más de 15 horas. Evito mirar a Yaimita porque conozco su amorosa mirada de hambre y cansancio. El primer taxista se acerca igual de afable que antes. Te lo puedo dejar en veinte. Vamos. “Bienvenido a la Patria”, repito para mis adentros.


Llegamos pasadas las dos de la mañana. Nos abre la puerta mi mamá que llegó al mediodía desde Chile. Al otro día temprano empieza el juego. Voy, vengo, subo a casa de mi papá, bajo. Dejamos a los niños con una abuela, con la otra. Están encantados de la vida, hacen los que les da la gana. Cambio dinero. Le grito a mi amiga Iliana por el muro del patio para saludarla. No me responde. Le compro a un carretillero que pasa por la calle con frutas y verduras. Aún no me ubico con los precios. Ciento veinte pesos la libra de guayaba.


Camino por el barrio. Veo algunas casas que han comprado y refaccionado. También varios baches nuevos. Saludo a algunos vecinos que me cruzo. No sé si han pasado dos o tres días desde que llegamos. Salgo a correr por 5ta Avenida. El refrigerador no enfría bien. Me preocupa. Llamo a mi primo Osvaldito, a ver si sabe qué tiene. Me dice que tengo que apagarlo, darle 12 vueltas a una llavecita que tiene por atrás y volver a encenderlo dos horas después. Sigo sus orientaciones. Dormimos poco cada noche, por suerte no hay calor. Salimos a comer. Hay varios restaurancitos nuevos por el barrio.


La abuela Susana llega desde Santa Clara, la vamos a buscar a la terminal. Cuando la vemos tiene puestos 3 abrigos y dos frazadas. Hay 18 grados. Por la noche quedamos con María Karla, tengo que aprovechar y verla, porque se va de viaje unos días. Se arma comida en la casa. Pedimos en waka-waka, Ili recomienda. Tienen delivery. Lo del refrigerador no funcionó. Oliverio se reencuentra con Nina y Maia, las hijas de mis amigas, sus primas de La Habana. Tabaré no las recuerda, pero también se reencuentra. Corretean. Se ponen a jugar en el patio y aparecen con los pies llenos de fango. Manda pinga.


Averiguo que hay en la agenda cultural. Mañana toca “Cuarto tiempo” en Fangio. No sé quiénes son pero está invitado Abreu. Seguro está bueno. Fangio es un bar en la terraza del Claxon, un hotel boutique privado que hay en la calle Paseo, en el Vedado. Es nuevo, tampoco lo conozco. Llamo, reservo. Mi papá y Sonia se suman, también viene el Humber. Parqueamos en la cuadra de al lado, sobre la calle 21. Está más oscura que la cueva de Gollum. El parqueador tiene una lámpara poderosa. Te cuida el carro y te alumbra para bajar y llegar a la avenida. Servicio completo. La terraza es hermosa. Está lindo el ambiente, el clima. La carta es con precios internacionales, pero están ricos los tragos. En la mesa delante de mí está sentado Alexander y su familia. Se sube a tocar la trompeta en un par de temas. Cuando termina el concierto me saco una foto, hablamos dos minutos. El viaje entero ya está pagado.


Llevo días intentando encontrarme con el Flaco pero aún no lo logro. Es la figurita difícil. Sí, el más viajero de mis hermanos también está en la isla. Son tantos mis amigos que emigraron, que cuando voy siempre me cruzo con algunos que también están de visita. Al final lo consigo. Nos vamos a ver a “El Noro y Primera Clase” que tocan en el salón rojo del Capri. Estoy contento por partida doble, al Noro lo escucho todas las semanas y escribí una nota sobre su último disco, pero no lo había podido ver en vivo. El lugar está lejos de estar lleno. Después compruebo que mucha gente no lo conoce. No entiendo a éste mundo. Empiezan a tocar a la 1 de la mañana, nos da tiempo a actualizarnos con el Flaco. Durante muchos años nos vimos todos los días y casi todas las noches, ahora no nos vemos en persona hace más de cinco. El Noro no me defrauda: lo que brilla con luz propia no hay quién lo pueda apagar.


Alquilamos un carro. Nos vamos a Santa Clara. Allá nos espera la familia. Julito me avisa que no pudo conseguir garbanzos por ningún lado. Se nos rompe una tradición. Veníamos bien, pero todo tiene su límite. Alex, un amigo, me dice que me lleve una canistra con veinte litros en el maletero, o nos vamos a quedar botao’s. No hay gasolina, o hay muy poca. En La Habana hay larguísimas colas en todas las estaciones de servicio, salvo en las tres que son para carros rentados. En las provincias es diferente, me dice mi amigo, muchas veces no hay tampoco en las de renta. Traemos mucho equipaje, regalos y pedidos de toda la familia. El auto es pequeñito. Nunca escuché antes la palabra canistra, es horrible. De todas maneras no nos cabe. Lleno el tanque, rezo al dios de los ateos y salimos.


En la carretera se ven muy pocos autos. El viaje es bueno. Compramos frutas más baratas por el camino. Después me arrepiento de no haber comprado más. Llegamos, almorzamos en horario de merienda y nos tenemos que ir corriendo al museo de Artes Decorativas que toca Roly. Sabemos que después se va para La Habana y tal vez no lo volvemos a ver. Lo disfrutamos mucho. Rolando es el Gardel cubano: cada día canta mejor, y te da un abrazo que seguro es más cálido que los de Carlitos.


En Santa Clara el ritmo es más lento, pero sólo un poco. Salimos a hacer un tour de compras, porque en Cuba casi nunca se puede comprar todo en el mismo lugar. Compruebo que allá también están vitales las mipymes: pequeñas tiendas privadas de productos importados. Los precios, aunque expresados en pesos, van al ritmo del dólar. Valores muy elevados para la mayoría de los salarios nacionales. También juego al fútbol con mis sobrinos en la calle. Corro en campo sport. Le hago mimos al conejo del Pedri. Vamos a la primaria de Juli a buscarlo. Sus dos profesoras de quinto grado tienen 85 años. No se puede creer lo lindas y vitales que se ven. Son jubiladas recontratadas. Una jubilación no alcanza. Laura me dice que tienen mucha suerte de tenerlas. Las más jóvenes suelen ser mucho peores docentes.


Un día vamos a comer toda la familia. Somos un grupo grande, nos cuesta encontrar restaurante con mesa para tantos comensales. Terminamos en “El sol”, un clásico ya del centro santaclareño. Al salir, se pelean un señor mayor y un muchachito de unos trece años, por ver quién estaba cuidando el carro. Otro día vamos a la Cuerda Rota, la peña del Miche en el bar Tacones Lejanos del Mejunje. Está buenísima. Tiene invitados diversos, como Angelo, frikie viejo, un clásico del under de la ciudad. Más borracho no puede estar, pero no le erra a ningún acorde. También unos chicos que se hacen llamar los aristogatos, uno de los que hace coros debe de ser más joven que yo, pero no le queda casi ningún diente. El público también es sumamente variado en todo sentido. De ahí seguimos para un concierto de Vivanco en un barcito al lado del cine Camilo Cienfuegos, está repleto. Terminamos en Blackout, otro bar que no conocía, tiene toda la onda. La magia de la noche santaclareña sigue intacta.


Volvemos a La Habana. El ritmo arrecia de nuevo. El refrigerador sigue con problemas. Vamos a tomar un café con mi querida Maggie. Nos encontramos a Reinier, que vino de Alemania, y no lo vemos hace como quince años. Paseamos por La Habana Vieja. A veces dormimos la siesta. Los niños están viendo mucha tele, nos preocupamos, pero bueno, es así en vacaciones. Un día se van a mataperrear para casa de Pescao en Marianao, no sólo ven pantallas. Oliverio reclama que salimos mucho de noche. Intento explicarle que tenemos que aprovechar los abuelos adeudados de todo el año. No sé si lo convence mi explicación. Vamos a buscar a Nina a su escuela primaria. Tienen natación en una piscina hermosa. Vemos el final de la clase. De repente me sorprenden algunas cosas como esa, por más que sea algo bastante excepcional.


Vamos a la Fábrica de Arte un domingo. Sigue linda y con tremendo swing. Hay poca gente, nunca la vi tan vacía. Me meto pretextos: quizás porque es domingo, tal vez porque hay frío. Esa noche toca Frank Delgado. El audio está más o menos, pero disfrutamos ver tocar a Frank. Otro día volvemos al Festival de la Salsa. Esa vez no tuvimos que pasar el filtro de Cuca. Es viernes, hay bastante más gente. En un momento bailé con una muchacha que bailaba muy bien. Me sorprendió que cuando la soltaba para que diera una vuelta sobre sí misma, ella daba dos. Y caía bien en el paso, claro. Otro nivel. Mientras bailamos se acerca un muchacho a filmarnos, es notorio porque nos apunta con la luz potente que tiene la cámara. La bailarina, al ver que estaba en escena, se alborotó y empezó a bailar con más entusiasmo y una sonrisa emocionada. Se ve que le gustaba la idea cinematográfica. Después vi que el que traía la cámara en mano bailó con ella. Ahí quedó. Pero hace unos días, me escribe Nana desde México, una amiga querida que hace tiempo no veo, me dice: “siempre hay un ojo que te ve”, y me manda el siguiente video. Tenía algunas dudas sobre ese ojo omnipresente. Ahora ya no.


Y así, no sé cómo, pasaron tres semanas. Ayer llegamos y en un rato nos vamos al aeropuerto. Que el tiempo es elástico ya lo sabía, pero  me niego a aceptarle algunos excesos. Nos juntamos en mi casa para despedirnos. Vienen Ale Suarez, Kerstin, una amiga de ellos que cae con una ensalada. Pedimos pizza. El Flaco reinventa el ajedrez con mi papá. Charly me ayuda a terminar de cerrar las maletas. Los niños, corretean y ríen, mezclan jerga argentina y cubana indistintamente, y están, por suerte, más allá del tiempo y sus trampas.

 


Postdata.

Esta crónica es festiva, digamos. Disfrutamos mucho el viaje, como siempre que vamos, pero en la isla la situación general no está de juego. Quizás no hace falta aclararlo, pero por las dudas, no sea que parezca que, más allá de alguna que otra dificultad, la vida por allá es pura diversión, cuando para la mayoría es más bien lo contrario. No tengo cómo saberlo con certeza, pero viendo los precios, en particular los de la comida, creo que debe haber mucha gente pasando hambre. Duele.


Pocos días después de volver se dieron algunas protestas populares en el oriente del país. Todo quedó ahí, pero cuando veía las noticias pensaba que no sería nada raro que explotaran muchas más. Tampoco me extrañaría que eso no pasara. Así de compleja es la situación, o así de desorientado estoy. El artículo “Las protestas más allá de corriente y comida”, me pareció muy claro. Describe bien la situación política y social actual, y los intrincados caminos posibles. Cómo decía en mi crónica de hace dos años, creo que para poder soñar con un futuro mejor es indispensable que se termine el infame bloqueo yanqui y que se acabe la dictadura autoritaria que maneja el país. Se necesitan las dos y ninguna debería depender de la otra para suceder. Sé que son cosas necesarias pero no suficientes: hay muchos países con democracia y sin bloqueo que también están muy mal, pero por algún lado hay que empezar. 


De la serie “Cuba 2024 - Pinceladas de brocha gorda”


 


La patria ya no es un lugar seguro. La frase anterior podría ser la de cualquier emigrante después de un tiempo viviendo fuera de su país. La seguridad que da tu entorno original, ese lugar donde creciste y  del que conocías todos los códigos, se va perdiendo irremediablemente con el paso de los años. Una vez leí que un momento difícil en la vida de un emigrante era ese en el que descubres que ya no eres profundamente de ningún lado. En tu país de origen te sientes algo extraño y en el país dónde vives nunca serás como alguien nacido y criado allí. Pero esta vez no me refiero a esa seguridad más existencial, sino a una más concreta y pedestre.


Cuba solía ser un lugar bastante seguro, y probablemente lo sigue siendo para los estándares de Latinoamérica, pero hay ahí una luz de alarma. Si bien siempre hubo robos y asaltos, era algo marginal. También eran, y son, más peligrosos algunos barrios que otros. Pero en general la inseguridad no era una temática que aflorara entre las principales preocupaciones de la mayoría de la gente. Me llamó la atención que ahora es un tema recurrente en muchas conversaciones.


Es difícil saber hasta qué punto ha aumentado la criminalidad. El gobierno no publica cifras al respecto, ni la prensa oficial da cobertura a casos de delincuencia, salvo algunas pocas excepciones. Tampoco hay investigaciones oficiales sobre esta temática que yo sepa. No obstante sí se han hecho algunos estudios independientes que dan cuenta del fenómeno. También han aparecido algunos artículos y reportajes al respecto en periódicos provinciales, como se cuenta en esta nota.


Las redes sociales dan cuenta con frecuencia de distintos sucesos delictivos. Con todas las pinzas que hay que tomar lo que corre en las redes, tampoco hay que ignorarlas. Yo mismo supe de primera mano de varios robos en los últimos tiempos. Algunos de ellos con violencia y detalles graves. De hecho, en las últimas semanas, robaron dos veces en mi cuadra. Por otro lado distintos amigos me contaron de robos propios o cercanos.


Le pregunté a mi amigo Osmel sobre el tema. Es un tipo que conoce bien la calle y camina La Habana todos los días. Según su visión existen los mismos asaltos y robos que siempre, sólo que ahora todo el mundo tiene celular y Facebook. Mi sensación fue otra, pero no puedo tampoco dejar de consignar la suya que está allá todos los días.


Mi tío me contó que en su cuadra se estaban organizando entre varios vecinos para pagarle a un custodio que cuidara la cuadra todas las noches. Yo le preguntaba, en broma, si su iniciativa no sería el inicio de los CDP (comité de defensa de lo privado). Al menos en dos momentos, yendo en el carro por algunas calles oscuras, en La Habana y también en Santa Clara, diferentes amigos, con los que iba en cada momento, me sugirieron cerrar las ventanillas. Nunca me había pasado antes.


Además de todos los indicadores anteriores, pienso que no es de extrañar que ante un país en crisis, con una inflación alta, poca salida laboral y un costo de la vida elevado para los salarios medios, aumenten los delitos. Tampoco es raro pensar que la policía sea menos efectiva teniendo menos recursos para operar. Durante la dura crisis que vivió Cuba en los 90’s, según mi recuerdo, también aumentaron los robos, asaltos y delitos de éste tipo.


La inseguridad es un tema sumamente difícil de abordar con éxito. En Cuba y en China. Un asunto que suele tener raíces y entramados complejos. Y que no se resuelve, a mí modo de ver, con poner más policías o endurecer las penas. Requiere de estrategias amplias e inteligentes. Ojalá haya gente pensando con seriedad en el tema y no siga escalando.


De la serie “Cuba 2024 - Pinceladas de brocha gorda”



 

Es la última semana de febrero y está andando el Festival de la Salsa. Cinco días de conciertos. Cuatro orquestas de primer nivel cada día. Así que un día pa’ allá nos fuimos. La cosa es en el Vedado, a la salida del túnel de playa, en Calzada y 12. Lo que siempre fue el José Antonio Echeverría, resulta que ahora es el “Club 500”. Cosas que uno aprende. Quizás un símbolo de los nuevos tiempos.


Montaron el escenario en el terreno de pelota y hay distintos sectores para ver los conciertos. Un territorio VIP, probablemente para invitados y después, depende de cuánto pagues, segmento oro, plata, bronce y pueblo en general. Algo así. Nosotros vamos para el último.


Somos cuatro, todos cubanos. La entrada cuesta 500 CUP (aproximadamente 1.60 USD al cambio de la calle en ese momento). Para los extranjeros el precio es mayor. No sé cuánto más. Cuando llegamos a la ventanilla dónde venden las entradas, la señora que nos atiende nos mira con suspicacia. “¿Son cubanos?”. “Sí”, le digo. Me sigue mirando con desconfianza, gira la cabeza y grita, “Cucaaaaaaa”. Y agrega, hablando consigo misma: “que ya ahorita me regañaron por unos extranjeros que entraron por aquí”. Me quedo sorprendido ante el método de comprobación de nacionalidad. Aparece Cuca, una mulatona de unos cincuenta años, con cara de ser una experta descubriendo cubanos falsos. Hablamos unas palabras, comprueba nuestra cubanidad. Nos dejan pasar. Yo me preguntaba por qué no nos habrían pedido el carnet de identidad, parecería un método más sencillo. Pero claro, pienso después, un documento se puede falsificar, a Cuca no hay quién le pase gato por liebre.


No hay mucha gente en el lugar, que es inmenso. Nos llama la atención que no esté más lleno. Pienso en varias razones. Hay un poquito de frío y mucha gente en Cuba se espanta si bajan unos pocos grados. Es miércoles, mitad de semana. Recién empieza el festival, tal vez mucha gente no se enteró aún. Y quizás la que más pesa: el transporte está malísimo. Cuesta viajar varios kilómetros por la ciudad si no tienes transporte propio, o bastante plata. Los taxis están caros. También lo está “La Nave”, la aplicación que implementaron en la isla para suplir a Uber, que por el bloqueo no puede operar allá.  


El evento está bien armado. El audio es bueno, se escucha bien. El escenario es lindo y luminoso. Desde los sectores más caros se ve mejor, pero desde la parte popular también se ve bien. Hay pantallas grandes. Hay lugares para comer y comprar bebidas a precios no tan altos. Te puedes sentar a comer en unas mesitas más retiradas de los conciertos o acercarte más a las orquestas.


En los últimos años la emigración ha sido más salvaje que nunca. Constantemente uno se entera de gente que emigró. Así todo, algunos pocos vuelven a vivir a su país, o al menos uno lo hizo, Manolín, el médico de la salsa. Ícono de la salsa de los 90s. Creador de frases que hasta hoy se usan en el habla popular, como por ejemplo, el hecho de que “hay que estar arriba de la bola” algo tan deseable como difícil.


El médico, volvió, armó una orquesta y hace poco se subió de nuevo a los escenarios. Sigue sonando espectacular. Fue una emoción tremenda escuchar en vivo las canciones con las que aprendí a bailar hace más de 20 años. Un viaje maravilloso y nostálgico al pasado. Volver por un rato al pre, a la universidad. A una vida donde teníamos muchas menos preocupaciones. Donde no tenía celular y me sabía de memoria varios teléfonos fijos. Y sobre todo donde sabía que, si llamaba a esos números, podía cuadrar con mis amigos y amigas para vernos en un rato e ir a bailar las canciones de Manolín, por ejemplo.


Así que termino esta pincelada cantando uno de mis temas favoritos de El Médico: “…unos dicen que somos la paz (oye, mamá), otros dicen que somos la guerra, ay mami dime lo que piensas tú, y no te lleves por las malas lenguas”.

 

Esa noche en el Festival de la Salsa tocaron:

-          Manolín, el médico de la salsa

-          Anacaona

-          Isaac Delgado

-          Manolito Simonet y su trabuco


De la serie “Cuba 2024 - Pinceladas de brocha gorda”



Hoteles y más hoteles. Hace años que en La Habana no paran de construir hoteles. Según cifras publicadas, la ocupación hotelera actual está por debajo del 25%. Pero más grave aún, en sus mejores momentos de los últimos años llegó, como mucho, al 60%. En una economía tan deprimida, ¿por qué se siguen construyendo hoteles en lugar de redirigir las inversiones a sectores productivos? Según Bob Dylan la respuesta está flotando en el viento, pero la busqué por todo el Malecón y nada, no la pude encontrar.


Lo cierto es que esta arista de la realidad nacional tiene la capacidad oprobiosa de ser un recordatorio visual frecuente. Los nuevos hoteles relucen por doquier y parecerían estarnos transmitiendo un grito de la dirigencia que dice: “sí, estamos administrando éste país de forma bastante desastrosa, ¿y qué?”.


Al llegar a esa maravillosa intersección que ocurre entre el Paseo del Prado y Malecón se pueden ver, por ejemplo, imponentes y brillantes, dos de ellos. El “Iberostar Gran Packard”, si uno mira hacia el Capitolio; y bordeando San Lázaro y el propio Malecón, el “Royalton Habana Paseo del Prado”, con su peculiar arquitectura curva.

Quedó linda esa esquina. Quién sabe y el próximo año Cuba se repleta de turistas y las ganancias del estado redundan en beneficios para todos y todas. Digamos que se puede incluso soñar con ese futuro improbable. El problema es cuando sigues hacia el oeste por Malecón y ves, allá arriba, detrás del Habana Libre, un inmenso y horrendo socotroco de cemento.


En la esquina de K y 23 se está terminando de levantar lo que será el edificio más alto de Cuba. Por la calle le llaman la torre López-Calleja, en alusión al recientemente fallecido ex yerno de Raúl, quien dirigió durante muchos años GAESA, la empresa militar que está detrás de la gestión de casi todo el turismo en el país. Se dice que éste nuevo hotel está financiado todo con capital nacional. Es un edificio horripilante.


Yo no sé mucho de arquitectura pero rompe visualmente con todo lo que lo rodea y afea el paisaje urbano por dónde quiera que se le mire. En particular me sorprendió cómo se interpone en las preciosas vistas que se tienen desde la colina, donde se alza La Universidad de La Habana. Verlo desde allí fue como que se metiera una basura en los entrañables recuerdos que atesoro de mi época de estudiante.


En la capital de Francia está la horrible torre Monpartnasse. Dicen que la vista más hermosa de París se tiene desde sus ventanas o su azotea, porque justamente no la ves a ella misma. Pensé  que si alguien me venía con el mismo cuento con respecto al socotroco del Vedado le iba a responder con una frase de “Cerro Cerra’o”, ese temazo que tiró el Insurrecto hace ya 14 años: “loco, el Cerro no es París”.


De la serie “Cuba 2024 - Pinceladas de brocha gorda”



Una pincelada para mi querida Bekytis, que allá en la 

Rambla de Prim no le venden bocaditos de helado.


El bocadito de helado se ha vuelto un enemigo de la siesta. Un dulce luchador contra el silencio y el canto de los pájaros. Al menos en la capital de todos los cubanos, parecería no haber rincón a dónde no llegue en algún momento del día su pregón grabado.


Se ve que algún vendedor sofisticado, cansado de gastar garganta en los gritos de la oferta, decidió grabar con voz monocorde, y exento de vericuetos retóricos, el mensaje de venta: “el bocadito de heladooooooooo”. Después, de alguna manera ignota, hubo una especie de organización veloz que hizo que a todos los vendedores de ese dulce les llegara un equipo capaz de reproducir el  pregón grabado y la grabación en sí. Es común, entonces, en casi cualquier hogar de La Habana, que en algún momento del día, entre por la ventana esa grabación repetitiva.


Me contó un amigo que le había pasado algo terrible. Un día su casa quedó en el vértice terrorífico de varias zonas de venta. De esta forma, le llegaba el anuncio una y otra vez. Ya fuera por la geometría del barrio en cuestión, o por la manera en que estos hacían el recorrido, cada vez que se alejaba un heladero, y parecía volver la paz, aparecía uno nuevo, dándole la sensación de estar metido en el loop demoniaco del bocadito de helado. Qué miedo.


Me preocupa que también se le ocurra la idea a los que venden malanga, plátano burro, aromatizante, escobas y cuánta cosa es vendida por las calles habaneras. Creo que será inevitable. Mi propuesta de solución es poética. Que se ponga una regla que obligue a todo vendedor a adjuntar, en su mensaje grabado, unos versos de algún poeta nacional. Entonces uno escucharía: “la malanga, el platanito maduro, la yuca… Si me quieres, quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra. Si me quieres, quiéreme negra y blanca, y gris, verde, y rubia, y morena… Si me quieres, no me recortes: ¡Quiéreme toda… O no me quieras!”.


Pensándolo bien, mejor no. Dejemos esta idea. A ver si todavía va y le pega la inflación a los poemas y los vuelve cursilones, o caros e inaccesibles. A ver si el enojo popular la emprende con la poesía. Ya bastantes problemas tenemos para quedarnos sin versos donde refugiarnos.

 

De la serie “Cuba 2024 - Pinceladas de brocha gorda”


 



Estoy volviendo de Cuba y tengo que escribir mis crónicas. Es una tradición, soy preso de ella. Dice el dios de las tradiciones que quién no las respete verá el castigo severo. En cada viaje me digo que no las escribo más, pero hay amigos y amigas que las exigen y hay que honrar la amistad, que es sagrada. Liluqui me dice, desde Barcelona, que las espera con anhelo. El Jimmy desde Montreal no me dice nada, pero sé que las espera para sentir el calor tropical allá en el norte frío. La Marce, en Pirque, del otro lado de la cordillera, ya puso un agua para el tecito de la once y espera para leerlas entre pancitos con palta y cuecas. No tengo opción.


Releo el texto que escribí en mi viaje pasado, hace un par de años, y me doy cuenta de que no tanto ha cambiado. Sirve como base para ésta vuelta. Tampoco olvido que es imposible narrar un país después de visitarlo unos pocos días. Pero unas pinceladas de brocha gorda puedo dar y quizás a alguien puedan servir de algo.


Para saber de veritas qué pasa en la isla infinita habría que ir al menos medio año y zapatear de aquí pa’ allá, y sentarse con calma en el contén del barrio, como hace un siglo atrás. ¿Quién me acompaña? Mientras espero que se alisten los valientes, van mis pinceladas.


 


La Habana es una ciudad peculiar, única en muchos sentidos. Por poner un ejemplo conocido, no debe haber otra en todo el globo terráqueo por dónde circulen, de manera regular, decenas de autos de mediados del siglo pasado. Imagino a un suizo que llegue a la isla sin conocimiento previo y salga a la calle a dar un paseo. Debe sentir que viajó en el tiempo. O sea, que si un día alguien con rasgos helvéticos, caminando por La Habana, se acerca y te pregunta, “Sorry, what year is this?”, no deberías de asombrarte. Además sé bueno y dile la verdad.

Hay muchas más cosas que la hacen particular, pero hay otra, también relacionada con el transporte, que me gusta en su singularidad. Lo que en Cuba conocemos como “coger botella”. Existe sí, en muchos lados del mundo, “hacer dedo” en la carretera, que es una idea similar. Pero la botella es un sistema solidario que ocurre dentro de la ciudad, con pregunta directa y de semáforo en semáforo.

La Habana es un lugar seguro, donde uno confía en alguien que no conoce al punto de subirlo a su carro. Además la gente suele ser desinhibida y abierta al diálogo. Es natural comunicarse en la calle con un desconocido o desconocida y entablar una conversación. Estos condimentos hacen posible éste peculiar método de movilidad.

Si bien es cierto que esta modalidad surgió debido al mal funcionamiento del transporte público, y sin dejar de soñar con que algún día éste mejore; también hay que decir que viendo los problemas que hay en otras metrópolis, dónde muchos carros llevan sólo un tripulante, causando congestión y contaminación, no es una tan mala idea.

No quiero romantizar la botella. Sé que mucha gente usa y ha usado ese medio de transporte sufriéndolo y porque no le queda otro remedio. Tampoco ignoro que particularmente algunas mujeres han tenido experiencias desagradables en botellas. Pero quizás no está mal que sea una opción más.

Lo ideal sería que haya un buen transporte público y que el que coja botella lo haga por elección. Pensarlo como idea de ciudadanía que se comunica y colabora con el medio ambiente, y cómo forma de tener ciudades con menos tráfico, y por tanto, más disfrutables.

Tal vez se podría implementar de modo organizado. Por ejemplo, con un sistema dónde botelleros y botelleantes se registren. Los participantes pondrían un cartelito en el auto dónde avisan que están en modo botella. Además la conductora o el conductor podría saber a quién lleva y viceversa. Así también se podría dar que algunos ciudadanos un día lleven en su auto y otro día ser llevados. ¿Parece imposible? Puede ser, no sé, nos han mentido en la cabeza que todo ha de gestarse a través del dinero, pero se puede intentar ir contra esa corriente.

 

En lo que logramos lo anterior, hace años que mucha gente se mueve en botella por la capital cubana. Yo cogí muchas veces botella y luego, cuando usaba el auto de mis padres, también daba botella siempre que podía. Recuerdo que en mis primeros años viviendo fuera de Cuba cuando me detenía en un semáforo, imaginaba que vendría alguien a preguntarme si seguía recto por la avenida.

El siguiente fragmento corresponde a mi novela inédita “En la próxima vuelta”, escrita en el 2007/2008. Si usted tiene ganas de coger botella junto a Malena, una de las protagonistas de la novela, pase y lea.

 


V

A mala hora Darío se mudó, piensa Malena y se posiciona en la acera de la avenida Boyeros. El sol está durísimo y en el semáforo hay un montón de gente luchando por lo mismo: conseguir que alguien los lleve. Si no voy a visitarlo así, de repente, sin pensármelo mucho, nunca veo a éste cabrón. Tan simpático que es mi amiguito lindo, piensa, sonríe con ternura. La competencia en el semáforo es grande. A su derecha hay dos jovencitas lindas y arregladas. Coloridas las dos, verde una, rosa la otra, llevan del mismo color la blusa, el cinto, las sandalias, el pulso de la mano y las hebillas del pelo. Antes era tan rico, piensa, caminar hasta la esquina, doblar y en un par de escalones estaba en casa de Darío. Pero hubo cambios, mudanzas, y ahora hay kilómetros que nos separan. Hace seis años ya de eso y todavía no me acostumbro.

El semáforo se pone en rojo, los carros se detienen. Malena estudia a los que tiene cerca. El calvo del Lada azul la mira con descaro, ella da un paso y piensa preguntarle si puede llevarla, pero le da mala espina la cara babosa del tipo. Un paso atrás y vuelve a su lugar en la acera. Luz verde y los carros salen llenándolos de humo. El calvo le saca la lengua al pasar. Cuando el día está malo para las botellas no hay manera, en todos los semáforos uno se demora, piensa. Es como si hubiera días malditos para la botella y días en los que parece que los carros te están esperando. Hoy es uno de los malos, está claro. Para colmo a esta hora todo el mundo está saliendo del trabajo. A su izquierda hay un muchacho joven con una bata blanca y un maletín en la mano. ¿Estará por entrar a una guardia? Como Darío se vaya lo mato, piensa. Ay, qué rico si cogiera una sola botellita que me llevara directo hasta el Casino Deportivo. De nuevo luz roja, mira los carros que tiene cerca, nada que sirva: hombre con mujer al lado, carro lleno, moto peligrosa. El muchacho con porte de médico se monta en una guagüita blanca como su bata. Ella se corre hacia la izquierda, verifica que las dos presumiditas siguen ahí. Se alegra. No estaba mal el muchacho, piensa y lo ve irse sentado como un niño bueno que gira la cabeza y le dedica un gesto afable de despedida, “ojalá te vayas rápido”, parece decirle con la cara. Malena sonríe. Ahora suda, se rehace el moño, se cambia el bolso de hombro. Mira a la parada atestada de gente, se convence de que hay que irse en botella. Piensa en lo divertida que sería esta ciudad con metro. Aunque seguramente el metro estaría siempre roto o con problemas. Imagina a una negra gorda sentada en la puerta del metro que de mala gana interrumpe su conversación con otra mujer y le dice: “no mi amol, hasta mañana no hay tren, lo siento” y muy oronda continúa hablando con su amiga. “¿Sigue por Boyeros, señor?”, el tipo no la mira, la ignora, sigue adelantando su carro, despacito hasta casi chocar al de alante. Estúpido, piensa, y le dan ganas de decírselo. Es verdad que no tiene obligación de llevarme pero no le cuesta nada responderme, es un acto de educación, es como si alguien me preguntara la hora y yo ni siquiera le contestara. ¿Por qué tuve que imaginarme a la mujer del metro negra? Si hubiera pensado en la directora General del metro de La Habana me la habría imaginado blanca, rubia, alta. Cambia la luz del semáforo, paran los carros otra vez. ¿Sigue por Boyeros señor? El hombre asiente con la cabeza, y se estira para quitar el seguro de la puerta delantera. Ella da la vuelta al carro con paso apresurado, abre, se sienta, deja escapar un suspiro de descanso.

[…]



Miami desde Key Biscayne Beach

En Miami la gente tiene menos libertades políticas que en La Habana. Lamentablemente nunca he estado en esa ciudad. Es un lugar que me encantaría conocer: porque tiene un peso en la realidad cubana pasada y actual, porque vive allí un montón de gente querida. No obstante, en el siglo XXI, para decir lo anterior no es necesario ir físicamente. Constantemente veo, leo, escucho manifestaciones que me hacen pensar lo que digo.

Me refiero a libertades reales y concretas. En teoría, en Miami, puedes expresar tu opinión libremente. Puedes ir y fundar una revista, un periódico, una radio y decir lo que te dé la gana. En La Habana, en Cuba, no puedes hacer nada de eso por definición, lo cual, he de decir, que me parece pésimo. Pero, decía, eso es en teoría. En la práctica, ¿puedes en Miami expresar, por ejemplo, que eres un fiel admirador de Fidel Castro? Supongamos que eso es demasiado. ¿Puedes decir públicamente que apoyas algunas políticas sociales del gobierno de Cuba? ¿Puedes hacerlo y seguir tu vida tranquilamente? Creo que ni soñando. ¿Que qué te puede pasar? Te montan en un dos por tres una campaña acusándote de lo peor que se puede ser en ese entorno,  “un comunista”. (Pobre Carlos Marx, tanto escribir, pensar, intentar dialogar, para que le hayan manoseado de esa manera las ideas, tanto los que lo denostan como los que dicen defenderlo, pero bueno, esa es otra historia). Decía, si se llega a la conclusión de que eres un real “comunista”, te cae encima un acoso dónde muy probablemente recibas agresiones, pierdas tu trabajo y se te haga difícil sobrevivir.

Valorar positivamente cosas que tengan que ver con el gobierno cubano sería un acto extremo, cuasi-suicida, que pocos cometen allí. Pero es peor aún: por mucho menos se te puede complicar la vida. Si eres un cubano con cierta fama, que va y viene a su país, y no quieres, digamos, hablar de política, eres ya sospechoso. Recibes presiones para que digas y apoyes el pensamiento único que parece se puede tener actualmente en ese entorno.

Hace unos años escribí sobre esta intolerancia extrema que se vive en aquellos lares a raíz de un concierto de Buena Fe en el Miami Dade Country Auditorium. En los últimos años parece que se ha recrudecido la cosa. Recientemente han cancelado conciertos y presentaciones a varios músicos cubanos. Incluso a algunos de renombre internacional y con residencia en la propia Florida. Probablemente hay una influencia de los vientos que corren, o sea los que soplan desde la casa blanca comandada por Donald Trump, un hombre con un estilo de comunicación sumamente intolerante y despótico, que cultiva la diatriba envenenada y agresiva para el que piense distinto a él.

Pensaba todo esto, entre otras cosas, luego de seguir someramente la “novela” de Descemer Bueno en las redes sociales. Para quién no lo conozca, Descemer es un talentoso músico cubano que vive en USA hace casi dos décadas, y que en los últimos años solía viajar a Cuba con frecuencia a dar conciertos u otros asuntos particulares. Hace años que me parece patético el recorrido de sus declaraciones, diciendo y desdiciéndose, tratando de quedar bien aquí y allá. Pero ahora ha ido un poco más lejos. Declaró, por ejemplo, que no visitaría más a su país de origen, puntualizando que no tocaría más en la isla. Luego subió la parada e instó a los cubanos que viven en Cuba a generar disturbios y vandalizar las tiendas. En otro video llegó al punto de decir que próximamente dejaría para siempre los escenarios. No quiero detenerme en detallar y analizar lo que ha dicho en su incontinente serie de videos, lo notorio es que está muy turbado. Estas llamativas declaraciones se producen en el contexto de una pelea que sostiene hace más de un año con el comisario político de moda en el ala “dura” del exilio cubano.

Me refiero a Alex Otaola. Un cubano que tiene una especie de programa de televisión que emite por YouTube todos los días hábiles de la semana. Un programa que pasó de ser más bien de chismes y detalles de la farándula a tener cada vez más contenido político. Desde su popular espacio el histriónico conductor pontifica sobre qué actitudes y opiniones son políticamente aceptables en una persona y cuáles no, particularmente si se trata de ciudadanos de origen cubano que viven en los Estados Unidos. Desde su tarima atemoriza a quién no siga los designios de sus posturas intransigentes. Para disciplinar o castigar a quienes incumplan esos mandatos de pensamiento no tiene pudor en mostrar videos íntimos, si los consigue, o develar cualquier información que consiga de la persona que elija como blanco. En sus programas muestra nombres, apellidos, fotos y cualquier dato que tenga de personas que le parezcan repudiables en su escala de valores. Por ejemplo, si eres alguien que hizo declaraciones en contra del bloqueo y estás viviendo actualmente en USA, puedes recibir el escrache correspondiente. Descemer es una de sus muchas víctimas y parece desesperado por salir del colimador y desmarcarse de las acusaciones que recibe desde esa tribuna. Para que no vayan a creer que es un “comunista” es capaz de dejar de visitar su país y decir cosas que jamás dijo antes. La presión no es poca.

 

Éste presentador no está solo. Hay otros comunicadores de ese entorno que tienen posturas similares. Pero sobre todo no está solo porque tiene miles de seguidores (no sólo en USA, también lo aplauden muchos cubanos y cubanas que viven en distintas latitudes). El asunto no es lo que piensen él y sus seguidores sino los métodos empleados y más que nada el resultado de ellos. Es decir, que haya personas con miedo a expresar lo que piensan.

Hace poco leía a un cubano que vive en esa ciudad de la Florida necesitando recalcar en varios escritos que no era comunista por apoyar a Joe Biden en las próximas elecciones norteamericanas. Una afirmación que mirada desde la distancia parece risible, pero allí se vuelve casi indispensable. Insultar con el epíteto de comunista a sus contrincantes demócratas es otro de los dislates del actual presidente norteamericano, Donald Trump, pero en Miami el calificativo cobra especial fuerza y es sumamente temido.

 

Sé de muchos cubanos y cubanas que viven en Estados Unidos y están en contra del bloqueo. Algunos de ellos lo expresan públicamente. Casi ninguno de los que se atreve vive en Miami. (Por cierto, estar en contra del bloqueo es algo que no debería ni siquiera parecer llamativo. Hace muchos años que la inmensa mayoría de los países reprueba en la ONU esa política injerencista del gobierno yanqui). Otaola y sus muchachos creen que está bien que las personas que viven en Cuba tengan condiciones más precarias de vida con tal de perjudicar a ese gobierno que tanto odian. El problema no es que haya gente a favor del bloqueo. Lo terrible es que ellos no toleren que haya gente que piense distinto. Lo paradójico es que lo hagan como abanderados de la libertad de pensamiento.

Uno de los silogismos que guía a los que sostienen estas posturas intransigentes es falaz. Se basa en que si alguien decidió emigrar no puede criticar al gobierno, o al sistema, del país dónde reside y, menos aún, puede elogiar algo del gobierno de Cuba. Según la lógica de esa línea de pensamiento, si vas a elogiar algo de Cuba tienes que irte a vivir a la isla, porque lo otro es hipócrita e inadmisible. Vaya concepto extraño de libertad. En mi opinión cada quién puede vivir dónde le dé la gana y opinar cómo quiera sin que lo uno o lo otro sea reprochable per sé. Luego se pueden debatir los argumentos, pero sin que ninguna postura sea inválida a priori.

 

En Cuba a los opositores y periodistas independientes los detienen, los vigilan, los citan, les realizan interrogatorios e indagaciones sin una orden con justificación clara. En algunos casos los someten a procesos judiciales de dudosa calidad institucional y claridad procesal, que a veces terminan en condenas cuestionables.

También, en ciertas fechas, muchos opositores y periodistas quedan presos en sus casas, dado que les ponen oficiales de la seguridad del estado que no les permite salir por varias horas, o días en el peor de los casos. Últimamente han agregado la práctica de cortarles los datos de internet en ciertos horarios, entre otras muchas cosas. Todas esas actitudes del gobierno cubano me parecen sumamente repudiables y creo que es evidente que cercenan libertades cívicas y políticas básicas. Al principio de este texto decía que en Miami hay menos libertades políticas que en La Habana. Quizás la afirmación peca de no ser exacta, digo, no pretendo establecer un ranking de libertades, esto no es una competencia. Lo lamentable es que en uno u otro lado falten esas libertades. Y a su vez es singular que los del norte ejerzan esa censura en nombre de la libertad.

Alguien podría decir que en el caso de Cuba la censura es más grave, porque la realiza “el poder”. Creo que hay ahí un error. En ambos casos las realiza “el poder”, pues éste no lo ejerce solamente el poder político gobernante, como muchas veces se piensa. En muchos lugares de éste mundo el poder económico tiene mucha más capacidad de incidencia que cualquier otro.

En el caso que aquí estoy tratando, o sea, el de los censores libertarios del ala dura del exilio cubano, es manifiesto su poder de fuego. Aunque sostengan posturas que no son quizás la de la mayoría de los emigrados cubanos, tienen suficiente poder como para atemorizar a muchos de decir su opinión. Ya sea porque tienen capacidad de movilización y pueden montarte un meeting y un escrache público, porque son capaces de presionar a dueños de locales para que suspendan presentaciones, o porque tienen influencia en el otorgamiento de visas y residencias.

 

Un último ingrediente interesante de esta “paradoja de la libertad” es que estos sectores emplean los mismos argumentos que el gobierno que tanto odian y critican. Si alguien en Miami se manifiesta a favor de algunas medidas que toma el gobierno de la Habana, lo acusan rápidamente de agente, de “pagado por el régimen”. El mismo caminito que emplean las autoridades cubanas cuando alguien es muy crítico: se apresuran a tildarlo de mercenario y pagado por USA. También se parecen en la forma en que disparan su intolerancia hacia los que no están en su extremo correspondiente. Otaola no duda en tildar de tibios y pseudopositores a medios independientes como El estornudo, que dispara con bazuca, en muchos de sus artículos, contra el gobierno cubano. De igual forma los extremistas de la isla (que no son todos los del gobierno, ni muchos menos todos los que apoyan en alguna medida al gobierno), tildan de enemigos a sitios de opinión que sin dejar de ser críticos no se paran de ninguna manera en la vereda opuesta, como puede ser La Joven Cuba. Cómo última similitud es notorio cómo en ambos extremos están convencidos de que están haciendo lo mejor por el futuro de Cuba y su pueblo.

 

A mí me gustaría que construyéramos una Cuba realmente inclusiva y plural, donde quepan todas las posiciones y opiniones. Sé que en ambas orillas (metafóricas, más allá del lugar físico del planeta donde se encuentren las personas que las sostienen) hay muchísimas personas que prefieren otros caminos. Sin dudas éste es un mundo cada vez más polarizado en todo sentido. No es algo solamente del conflicto nacional. Cada lugar tiene que intentar sortear la polarización como le sea posible. A mí que no me llamen ni unos extremistas, ni otros, salvo que quieran dialogar. Si es para imponerme sus verdades, no, gracias.





Hace 25 años le fui a pedir entradas al mismísimo Silvio Rodríguez. Tenía entonces 12 años y lo encontré en la puerta de su casa. Me había hecho la costumbre de pasar por allí camino al entrenamiento de fútbol. Mi amigo el Macaco protestaba pero al final me hacía la pala a desviarnos un poco del camino. Yo estaba esperando una oportunidad para ver a Silvio. Con esa edad ya era fan de sus canciones. ¿Pero cómo me había enterado de dónde vivía? A lo cubano.

Hacía solo unos meses que había entrado en la secundaria. Yanay, una de mis nuevas amiguitas, me dijo que vivía en la cuadra de Silvio. Y yo, con la boca abierta: “na’, no puede ser”. “Ah, ¿no me crees? Vamos a visitarlo hoy después de la escuela”. Y pa’ allá fuimos. Yanay se paró afuera de una casita blanca de dos plantas, con jardín, y desde afuera de la reja, puso las manos en forma de bocina y gritó “Silviooooo”. Desde adentro de la casa alguien nos informó que no estaba, pero fue muestra suficiente de que Yanay no mentía.

Así que uno de esos días en que pasaba por allí, vi un carro que esperaba, con el motor encendido y la puerta abierta. Tuve la idea de que era Silvio quién había olvidado algo en su casa y me quedé frente a la puerta de la reja. El Macaco, siempre fiel, se paró a mi lado. Cuando el trovador salió, vio a dos niños de poco más de un metro de alto, paraditos, mirándolo. Sonrió y sostuvimos el siguiente diálogo:

- ¿Ustedes querían algo? – dijo Silvio algo asombrado.

- No, sólo queríamos saludarte –dije yo. Y añadí- ¿cuándo das algún concierto?

- Bueno, ahora no sé cuándo será el próximo, pero hace unos días di uno en el Carlos Marx, ¿fuiste?

- No fui porque no tenía entradas. Iba a ir con una amiga a comprar entradas en reventa, pero mi papá no me dejó. Dijo que comprar en reventa era inmoral.

Silvio volvió a sonreír y me dijo:

- Cuando te enteres de algún concierto mío ven por aquí que yo te regalo las entradas.

Nos despedimos y nos fuimos cada uno por su lado. Llegamos tarde al entrenamiento. “Dos vueltas a la pista por llegar tarde”, dijo Juan, el entrenador, y el Macaco, a quien no le gustaba Silvio ni un carajo, me miró con cara de pocos amigos. Esquivé su mirada y salí trotando a dar mis vueltas contento.

No sé si Silvio habrá llegado tarde a un ensayo. Lo cierto es que un par de meses después me entero de que otro de mis ídolos musicales de entonces daría un concierto en el Carlos Marx. Un extranjero, un argentino. Fito. Estaba haciendo la gira de “El amor después del amor” y pasaría por La Habana. Era un disco que yo escuchaba día y noche por aquellos días.

Conseguir entradas iba a estar difícil. Fito era muy conocido y en aquella época no iban tantos artistas extranjeros a tocar en Cuba como ahora. Entonces me enteré de que tendría dos invitados de lujo: Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute. Y ahí se me encendió la lamparita, “pero si yo tengo una tarjeta mágica bajo la manga, y lo prometido es deuda”, pensé.

Así que me tiré arriba de mi bicicleta y arranqué para casa de Silvio con la esperanza de que no hubiera olvidado su promesa. Esta vez no le pedí al Macaco que me acompañara. Sólo, con la insolencia de mis doce años, me paré afuera e imité Yanay: “Silviooooo”. En respuesta a mi grito salió una muchacha rubia, bonita, algunos años mayor que yo, que me dijo: “Silvio no está, yo soy Violeta, la hija, ¿te puedo ayudar en algo?”. Le narré mi diálogo con su papá con lujo de detalles, recalcando su promesa final. “El concierto no es de mi papá, pero voy a hablar con él, a ver qué puede hacer”, me dijo. Anotó mi teléfono en un papelito y dijo que me llamaría para darme noticias. Mi amigo Carlos, que me doblaba la edad y me había enseñado la música de Páez, se reía de mí: “qué te va a llamar, se olvidó de eso a los cinco minutos de que te fuiste”.

Pero yo tenía todavía esa inocencia de la infancia, ese optimismo a toda prueba, y estaba convencido de que cumpliría su palabra. Y en efecto, un par de días después, Violeta me llamó y me dijo que pasara a buscar dos entradas.

Mi invitada fue mi amiga Iliana, mi vecina de atrás. Me subí al muro que separa nuestras casas y le dije emocionado que estaríamos en la fila dos. Ubicación de lujo. Recuerdo que al lado mío estaba sentada la presentadora de TV que era esposa de Silvio en aquella época. Fue quizás el concierto que más he disfrutado en la vida. En el momento de los invitados, cantaron entre los tres una canción de cada uno. Recuerdo a Silvio cantando “Pétalo de sal”, a Fito cantando “La gota de rocío”, y que cuando cantaron esa joya de Aute que es “Sin tu latido”, el argentino con su histrionismo amanerado y vital, disparó: “pero no me hagas caso, nenaaaaa. Lo que me pasa es que este mundo shooo no lo entiendo…”.


Esos conciertos, pienso hoy, fueron un bálsamo para los miles de cubanos que estuvimos allí. Tocó en el Carlos Marx dos días, con entradas agotadas. Pero también en la Plaza de la Revolución, donde asistieron cerca de 100 mil personas. Cuba vivía por entonces sus peores días. Entraba en la parte más dura del período especial. La música vigorosa de Fito, mezclada con la poesía potente de Silvio y Aute, no servía para comer, pero daba fuerzas para seguir.


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