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Foto: Kaloian Santos Cabrera

Hace una hora que Marina da vueltas en la cama. Afuera de su casa apenas se escuchan ruidos. Parece que todos duermen. Habitualmente, si Marina deja la ventana abierta, entra, arrollador, el ruido del tráfico de la avenida que pasa frente a su edificio. Ahora no. Hace varias noches que entran sólo la brisa de la noche y el silencio.

De todas maneras ella no se puede dormir. La preocupación no la deja. Hace unas horas, sobre las 6 la tarde, se enteró de que el ascensor está roto. Aunque para ella no es tanto bajar y subir 9 pisos, siempre la ha perturbado que el ascensor no funcione. Le da una sensación de prisión, de agobio, de incapacidad de escapar rápido si fuera necesario.

Su madre, en el cuarto de al lado, tampoco puede dormir. Escucha su respiración, la de su madre, y sabe que no es la de dormir. La escucha dar vueltas en la cama y la imagina también preocupada.

Marina se engaña. Lo sabe. Como cualquiera que intenta mentirse a sí mismo, sabe bien qué es lo que realmente le preocupa. No es el elevador averiado. Como suele pasar con esa coraza inútil de la negación, Marina sabe perfectamente que la desvela otra cosa.

Un rato antes de que un vecino le contara el problema del ascensor sonó el teléfono de casa. Con una voz que intentaba ser cálida le comunicaron que ella y su madre habían dado positivo en la prueba de COVID19 que se habían hecho dos días atrás. La voz  le preguntó si tenían síntomas. Ella dijo que no. La voz helada le preguntó si vivían solas. Ella que sí. Entonces le dijo que no salieran de casa. Que se comunicarían otra vez mañana con más instrucciones. Que si empezaban con alguno de los síntomas llamara rápidamente al número que le pasó, y cortó.

Marina colgó y se propuso no hacerse la cabeza. No pensar mucho en eso. Actuar con sobriedad. No dejar que la traicionara su mente. Estaría atenta a los síntomas que pudieran presentar ella o su madre, pero no le diría nada a ella. Es más fácil controlar una mente que dos, pensó.

Ahora se pregunta por qué su madre no podría dormirse. No podía haber escuchado la conversación telefónica porque estaba en el balcón, lejos. La veía mecerse en su sillón mientras hablaba con la voz congelada. No le iba a preguntar qué le pasaba, por qué no podía conciliar el sueño, eso podría alarmarla.

- Marina – escuchó la voz de su madre que la llamaba.

- ¿Sí, mamá?

- Hija, ¿están cerradas las ventanas?

- No, mamá, están todas abiertas, las de la sala, las de la cocina. ¿Por qué? –le dijo todavía sin levantarse.

- Y ahí en tu cuarto, ¿también falta el aire?

FIN

Para mí ahí termina el cuento. Sé que hay gente a la que le cuesta mucho el suspenso. Para ellos, escribo entonces, dos finales posibles. Si alguno que leyó la historia necesita un final puede elegir alguno de los siguientes.

FINAL ENFERMO


FINAL FELIZ




No sé por qué decidí volver del trabajo por Suipacha. Nunca lo hago. Es una calle estrecha, polvorienta, con un nombre espantoso. Allí me lo encontré. Iba caminando en sentido inverso al mío por la acera de enfrente. Me miraba fijamente. En ese segundo en que nuestras miradas se cruzaron se tocó la parte izquierda de la boca. Me lanzaba así un sutil reproche. Se equivocaba de lado: hace diez años yo le pegué en el costado derecho de la cara. Estoy seguro.

Empecé a caminar en cámara lenta. ¿Me doy vuelta?, ¿lo llamo?, ¿lo invito a tomar un café?, pienso sin dejar de avanzar. Me pregunto si me sigue mirando. No sé si se detuvo y se volteó siguiendo mi movimiento, o si continuó su camino tal vez también más despacio. La película del recuerdo arrancó en ese milisegundo donde cruzamos miradas. Como si durante todos estos años hubiera estado lista para activarse.



Estamos ahora en La Habana. Corre el año 2003 ó 2004. La fiesta está en su mejor momento. Esteban y yo nos reímos como dos niños. Hace rato que nos reímos mucho. Fumamos una yerba potente. Yuma. Esteban la fue a buscar al barrio chino. Él es mucho más vicioso que yo. Va a buscar a dónde sea. También tomamos un montón. Primero la caneca de ron que compramos. Una vez terminada somos piratas del trago, tomamos de cualquier vaso que nos encontramos medio suelto. En la fiesta hay varios grupos que tienen botellas buenas y nadie vigila tanto su vaso. La fauna está interesante, gente de la escuela de cine, muchachas que hablan con acentos exóticos. Algunas porque son extranjeras y otras porque se hacen.

Hace un rato llegó Pedrito y eso provocó nuestro último ataque de risa. La música está buena, medio tecno, medio electrónica y de vez en cuando algún tema de Los Van Van, pero está muy alta. Tenemos que gritar para hablarnos. En casos así hay que tener cuidado con el final de las canciones. No lo tuvimos. En uno de esos instantes de silencio Esteban me pregunta, gritando: “¿te vas a singar de nuevo a Pedrito?”. Dos muchachos que están muy cerca nos miran y se ríen tapándose la boca con la mano. Nosotros no podemos más de la risa. No nos tapamos nada. La música arranca otra vez, está oscuro, todo el mundo está fumado o muy tomado. O eso me parece a mí. Yo le digo a Esteban que no, que estuvo bueno anoche, pero que hoy preferiría llevarme algo nuevo. “Una de aquellas alemanas, por ejemplo”, le digo y señalo a un grupo de rubias que quizás son de San Miguel del Padrón, pero yo me las quiero imaginar teutonas o escandinavas. Esteban insiste, “no seas bobo, papa, coge a Pedrito que es seguro y después vas a terminar llorando con Manuela”. Nos da mucha gracia lo de Pedrito, tal vez hasta sobrios nos daría, no lo sé. Tenemos poco más de veinte años, eso también da risa.

Pedrito es una chica que cuadré ayer en una fiesta. No me acuerdo como se llama. Ayer también habíamos tomado bastante. Esteban cuadró con una amiguita que hoy no vino. El dato gracioso es que desde que nos conocimos, ayer mismo, ella empezó a decir que Esteban se parecía mucho a un amigo de ella que se llamaba Pedrito. Estuvo insistiendo con esa tontería toda la noche. Tanto jodió con el tema que hoy en la mañana Esteban la bautizó a ella como Pedrito, y ahora ya no podemos decirle de otra manera. Cuando la saludé casi le digo su nombre de guerra directamente. Por suerte pude contenerme.

Pocos minutos después del grito de Esteban seguimos bailando, por un rato sin reírnos, cuando siento algo en la nalga derecha. Me doy vuelta y veo, a pocos centímetros, a un muchacho flaco, vestido de negro, que me mira sonriente. En esos milisegundos entiendo todo. No, perdón, entiendo una parte. Comprendo que lo que sentí fue el pene erecto del muchacho que se me pegó para bailar. Veo su pantalón negro abultado. Me siento muy incómodo. No sé qué hacer. De los nervios sonrío. Él lo interpreta como una señal y se abalanza sobre mí para intentar besarme. En ese instante me parece demasiado de su parte. Ya no me río nada. Se me sube la indignación a la cabeza y reacciono de forma bruta. Me echo para atrás levemente, tomo impulso y le tiro un piñazo que lo impacta de lleno.

Aquí tengo un recuerdo nebuloso. El amigo del muchacho me grita algo que apenas escucho y menos entiendo. Esteban me agarra por el brazo y me aleja de ellos. La música sigue, hay poca luz. Por suerte no mucha gente en la fiesta se entera del episodio.

Esteban me da un trago para calmarme. Yo ato cabos. Me doy cuenta de que era uno de los muchachos que nos miró cuando Esteban me preguntó si me singaría otra vez a Pedrito. Recuerdo entonces que antes me había estado mirando bastante. Y que había intercambiado risitas con su amigo. No le di importancia. No me di cuenta de que estaba intentando seducirme. No conozco esos códigos.

Estoy algo más tranquilo, pero aún turbado. El muchacho que intentó ligarme está en el otro extremo de la sala y no deja de mirarme. Ahora de una manera distinta, con odio, con rabia. Pienso que en ningún momento respondió a mi ataque, quizás por falta de valor, pero tal vez por exceso de bondad, o porque es incapaz de lastimar a alguien. Se toca la parte derecha de la boca, alcanzo a ver que tiene sangre. Se limpia con un pañuelo. Yo cambio la vista. Me siento mal. Me parece que él estuvo mal, pero yo estuve peor. No debí pegarle, pienso. Valoro ir a pedirle disculpas, pero toda la situación me parece absurda. Creo que me falta valor para ir a pedir perdón. También él tendría que pedir disculpas. ¿O los perdones se restan y sólo debe pedir perdón el de mayor agravio? Vuelvo a mirarlo. Ya no está en la esquina. Ni tampoco en la fiesta. Nunca más lo vi.




Hasta ahora. En Suipacha, casi llegando a Avenida de Mayo. En Buenos Aires. A siete mil kilómetros de La Habana y a más de una década de aquella fiesta. No sé si en la vida todos los golpes que uno da regresan, pero algunos sí. Otra vez me pregunto si tendría que disculparme, si tiene sentido diez años después. Pienso que sí, que hay que aprender a pedir perdón. El corazón me late fuerte, creo que es vergüenza. Me decido, me doy vuelta con la idea de llamarlo. No está.



Cuando entran al café el Negro esboza una leve sonrisa. Son las 9:22 am. Sábado lluvioso de julio. Sólo una mesa está ocupada. Se sientan junto a la ventana que da a San Martín. Piden dos cafés con medialunas. Cuando la moza se aleja, el Colo habla entre dientes.

-Lo mataste, hijo de puta.

-Sí.

-Sos un pelotudo. Eso complica todo. ¿No sabés que cuando hay un muerto investigan más a fondo?

-No te hagás drama, nene, hicimos todo bien -dice el Negro y con el pie empuja hacia el vidrio la mochila que traía en la mano.

- ¿Recogiste bien todos los pelos? ¿Guardaste los guantes?

-Claro, papá. Él único que se puso nervioso fuiste vos, parecés un principiante -responde y se pasa la mano por la cara recién afeitada.

El Colo se queda mirando por la ventana el escaso tráfico que circula por la avenida a esa hora. La chica trae el pedido. El olor a café le da satisfacción. Intenta sacarse la amargura. No puede.

- ¿Qué necesidad tenías, boludo? El tipo dijo enseguida dónde estaba la mosca. Todo. No tuvimos siquiera que cortarle un dedo. Explicame, qué necesidad.

El Negro sorbe lentamente su café. Muerde una medialuna.

-Ya fue, nene, olvidate. Escuchame, ¿mejicaneamos al de la inmobiliaria?

-Negro, la otra vez que hicimos esa salió todo para el culo, casi caemos.

-Bueno ok, pero decile que había menos.

-Y cuánto hay.

-Qué se yo, nene. ¿Pensás que puedo contar fajos de billetes con sólo pasarlos de un cajón a una mochila?

-Hacé como quieras, Negro, pero este pibe nos pasa buenos laburos. Nunca nos falló.

-Por cierto, la próxima que hagamos en invierno te toca a vos la guardia, ¿eh?, que siempre agarrás veranito. Te crees vivo, ¿no? -le dice con una sonrisa, intenta relajar.

El Colo no le responde. Está re caliente. Le gusta hacer las cosas bien prolijas. Mastica rabia al recordar cómo le pasó la hoja afilada por el cuello.

El Negro pide la cuenta.

-Son las 10 ya. Vamos. Pagá vos.

El Colo saca un billete de 100 y lo calza con la taza.

Afuera sigue lloviendo. El Negro piensa que ni en pedo le cuenta por qué lo mató. No tiene ganas de discutir de política otra vez con el Colo.

-Sabés, por qué lo hice, Colo. De verdad querés que te lo diga -dice y hace un silencio esperando que el otro lo mire-. Porque se me cantó.

El Negro recuerda las fotitos de Cristina por todos lados. Mientras se cambiaban las camisas vio ese tatuaje horrible de Néstor que lleva el Colo en el hombro. Eso le dio más rabia todavía. Quizás eso me terminó de convencer, piensa. Saca la mano, para un taxi, se suben.




A mis amigos Marcela Cuevas y Jorge Suris, por tener
siempre esa alegría que contagia y por pedirme bonus track.

Finalmente me arrepentí de haber hecho aquel viaje. La idea había sido mía, así que no podía culpar a nadie. Tomé la decisión de ir a Trinidad casi por orgullo nacional. Durante los cuatro meses que estuve en España, fueron muchas las personas que conocí que habían visitado Cuba. Todas habían pasado por esa ciudad y habían quedado maravilladas. Me daba vergüenza no conocer un lugar así de famoso en mi país. Era completamente absurdo avergonzarme por eso, ya lo sé. Pienso ahora que mi vergüenza tenía un componente de rebeldía. No quería explicarle a cada uno de mis eventuales interlocutores que ganando 25 dólares al mes era muy difícil hacer viajes de ocio. Ya en el avión de regreso empecé a fantasear un viaje que no imaginé iba a desatar tantos demonios.




Barcelona no es una ciudad barata y mi beca no era demasiado buena, no obstante logré ahorrar unos 700 euros. Después de tantos días afuera, me dije que con el dinero ahorrado no quería comprarme nada, ni arreglar la pila del baño, ni pintar la casa. Ese dinero quería disfrutarlo, viajarlo, comérmelo, tomármelo, bailarlo. Se lo dije a Gustavo, le pareció bien. Le propuse el viaje a Trinidad y también le pareció fantástico.

Como corresponde a un lugar muy turístico, Trinidad es cara. Al menos para los estándares de Cuba. Incluso con mis euros ahorrados me parecía mucho pagar 25 CUC cada noche por una habitación. Una amiga sabía de una casa donde solo le alquilaban a cubanos y nos cobrarían 10. Estaba bien. Reservamos por teléfono, y al llegar a la terminal de ómnibus partimos caminando. Era cerca. Por el camino nos iban ofreciendo habitaciones de alquiler una y otra vez. Nosotros les decíamos que no con una sonrisa triunfal de ya reservados.

El día estaba hermoso: soleado, luminoso, sin mucho calor. Nosotros también estábamos radiantes.  Felices de hacer un viaje romántico después de varios meses de extrañarnos. Las callecitas empedradas, los tejados dorados por el sol mañanero, las bellas casas coloniales, cooperaban con nuestro ánimo. Todo parecía mágico allí. No había tráfico alguno por las calles adoquinadas, ni basura en las esquinas, ni gente estresada corriendo a su trabajo.

  Al llegar a la casa el dueño nos esperaba sonriente. Nos indicó la escalera por donde debíamos subir a la habitación y me dio las llaves. Yo fui alante mientras Gustavo tomaba agua y charlaba con el señor. Giré la llave, entré y miré con agrado las camas tendidas, la habitación limpia y olorosa, las toallas dobladas sobre la cama, hasta que de repente, ¡chan!, ahí estaba el motor de mis desgracias. Grande, robusta, inocultable, justo enfrente a la puerta del baño se podía ver la puerta cerrada con candado de uno de los closets. Los segundos siguientes fueron muy angustiantes para mí. Los minutos a continuación, horribles y humillantes. En los pocos segundos que tardó Gustavo en subir intenté, en vano, encontrar una solución. ¿Y si le decía a Gustavo que no me gustaba el lugar, que buscáramos otro? ¿Y si arrancaba el candado sin que nadie me viera y luego, con discreción, le explicaba al hombre de la casa la situación y le pagaba el daño? ¿Y si ponía delante de la puerta una ropa o mi propio cuerpo para tapar el asunto y tratar de ganar tiempo? Pensaba, pensaba, pensaba, pero cada cosa que se me ocurría me parecía más impracticable que la anterior. Mientras, sentía los pasos de Gustavo y del dueño de casa acercarse por la escalera. Conversaban afablemente cuando entraron a la habitación. Los miré un segundo paralizada desde la cama, luego cerré los ojos y me dispuse a esperar el desenlace. Ni siquiera podía rezar. Soy atea.



A los diez minutos caminábamos nuevamente por las calles adoquinadas con nuestras mochilas a cuestas. Ahora sin la sonrisa triunfal de antes y yo con un encabronamiento bastante espeso. Gustavo evitaba mirarme. Sabía del fuego que encontraría en mis ojos. No hablábamos. Caminábamos sin rumbo, uno al lado del otro, Gustavo un par de pasos adelante.

La escena había sido muy desagradable. El señor de la casa empezó a comentarnos de la habitación, el agua caliente, el agua fría, el aire acondicionado, y vi claramente el momento en que Gustavo descubrió la puerta del candado. Como otras veces, su cara empezó a transfigurarse, a ponerse roja. Aprieta las manos, tamborilea los dedos contra la palma, vuelve a apretar. El señor nos dice que en ese closet guardaba cosas personales y por eso lo dejaba con candado, que teníamos otro suficientemente grande para guardar nuestras cosas. Y ahí Gustavo suelta su andanada. “Ah sí, y qué, ¿nos ve cara de ladrones?, ¿piensa que vamos a robarle sus cosas que tiene que poner un candado?”, decía e iba subiendo el tono de voz. El hombre, totalmente desconcertado, trataba de apaciguarlo. “Oye, socio, pero tranquilo, fíjate que tienes otro closet para que ustedes…”. “Loco, ¿qué otro closet de qué pinga?, ¿qué es lo que quieres ocultar?, a ver, dime, ¿cuál es el misterio?”, ya gritando. Todo calcado a las veces anteriores, lo cual no me tranquilizaba en lo más mínimo. “Oye, socio, pérate un momento, me parece que te estás pasando un poco”, el hombre también empezó a subir la voz. “Pero dime qué coño tiene que hacer un candado aquí, mi hermano, a ver si yo entiendo”, Gustavo agarra el candado y lo zarandea, lo tira contra la madera del armario. La situación es muy tensa. Abajo, en el borde de la escalera, veo a una señora que debe ser la esposa del hombre y una anciana. Ambas miran la escena espantadas. “Oye, compadre, pero, ¿qué es lo que te pasa a ti?, si no te gusta te vas pa´l carajo”. En ese instante imaginé que el hombre sacaba un machete y nos caía a machetazos a los dos. Apenas me he movido. “Te metes tu candado en el culo, mi hermano, ¿cómo tú vas a poner un candado?...”,  le dijo Gustavo agitado, alterado, mirando al hombre con odio. Tengo que hacer algo, pensé. Me levanté, agarré mi mochila. “Vamos, Gustavo, por favor”, fue lo más que logré decir. Me muero de vergüenza, me pregunto cómo es posible que esté pasando yo por esto.


Seguimos caminando y de nuevo nos ofrecen alojamiento en cada esquina. Todos piensan que somos extranjeros. “¿Argentina, España?”, nos preguntan sonrientes. Ninguno de los dos atina a decir nada. Negamos con la cabeza y seguimos caminando no se sabe a dónde. Me gustaría saber en qué carajos piensa ahora Gustavo. Yo tengo clavada en la mente la cara de la viejita. Antes de salir pedí disculpas a las dos mujeres. Lo dije muy bajito. No sé si lo habrán escuchado.

Unas cuadras después empezamos a preguntar a los que nos ofrecen alojamiento. Discutimos precios con ellos. Discutimos entre nosotros. Finalmente logramos que nos dejen una habitación en 20 CUC por noche. Mientras caminamos al nuevo alojamiento me aterra la idea de que también haya allí un armario con candado. Tengo ganas de preguntarle a Gustavo si sería capaz de armar otro show tan desagradable como el anterior. No puedo. No quiero dirigirle la palabra. A su vez pienso que él lo sufre más que yo. Que no lo puede controlar. Llegamos. Por suerte en la nueva habitación no hay nada inquietante.




Hace dos años salí por primera vez de Cuba. En ese primer viaje la estancia de investigación de mi beca de doctorado fue en Madrid. El impacto del primer mundo es fuerte. Carros modernos, avenidas anchas, el metro, las tiendas, las luces y una infinidad de cosas difíciles de transportar a palabras. Para un cubano hay un elemento adicional de fascinación: internet con alta velocidad. Poder ver videos online, buscar en la red lo que te dé la gana, obtener miles de resultados en un segundo y demás maravillas generan un relación pegajosa con la maldita pantalla de la PC. Creo que mis resultados de investigación no fueron muy alentadores en el primer mes de trabajo. Debo haber pasado muchas horas conversando con Google et al., y no precisamente por cosas de trabajo. Por ejemplo, concatenar un video de YouTube con otro puede ser un ejercicio interminable para alguien curioso y ávido de información que ha estado demasiado tiempo sin internet en serio.

En esa fecha ya había tenido un par de episodios con Gustavo e incluí el asunto en mis pesquisas de información. Se me ocurrió que a alguien le tendría que haber pasado algo similar. El mundo era demasiado ancho como para que ese extraño proceder se manifestara solamente en mi Gustavo. En las primeras búsquedas no salió nada, pero soy insistente, así que después de bucear un rato en extrañas páginas de internet, tuve las primeras novedades sobre el síndrome conocido como clausumfobia. Cuando leí su descripción en una página web noruega casi me caigo para atrás. Mencionaba las evasivas de los afectados a tratar el tema una vez terminado el episodio, los cambios abruptos de estado de ánimo, el comportamiento crispado de las manos, la agresividad como respuesta al temor característico de las fobias y otros detalles que calzaban a la perfección con lo que le pasaba a Gustavo. De todas maneras no logré encontrar muchas más fuentes sobre el tema. Le conté a Marina, una colombiana muy simpática con la que compartía cuarto. Recuerdo que me dijo: “Lamento decepcionarte, pero eso de que en internet está todo es un mito. Vete a bibliotecas, marica”.

Las bibliotecarias me miraban como si fuera un dinosaurio cuando les preguntaba si tenían algún libro que hablara de clausumfobia. “¿De claustrofobia, quieres decir?”, y terminaban dándome libros que hablaban sobre fobias comunes donde decía siempre esencialmente lo mismo, y por supuesto no mencionaban “la mía”. Valoré irme hasta Noruega e intentar entrevistarme con las psicóloga que aparecía mencionada en aquella página web, pero el plan era demasiado delirante. Regresé a Cuba sin mucha más información.


Poco tiempo después de ese viaje nos fuimos con su familia a una casa en Guanabo. Un día salimos a hacer unas compras y a la vuelta pasamos por la casa donde estaban alquilados unos amigos de la familia. Gustavo se había ido a correr por la playa y su hermana y el novio habían quedado en la casa, así que me fui yo sola son sus padres. Cuando llegamos a la casa de marras, veo que en una esquina de la sala había un closet cerrado con un candado pequeño. Me alegré de que Gustavo no hubiera ido e imaginé con sobresalto la escena que se podría haber armado. Seguimos conversando y tomando café cuando noté que las manos de Hernán, el viejo de Gustavo, se cerraban y se abrían con bastante crispación. Empecé a observarlo y vi cómo pestañaba con muchas más velocidad que la habitual, y que cada cinco o diez segundos miraba hacia la puerta del closet. Cuando apenas habíamos terminado el café el viejo se puso de pie y comenzó a despedirse de forma intempestiva. Le dijo a sus amigos que nos encontráramos al otro día en la playa.

Esa noche, después de cenar, nos sentamos todos a conversar en el portal, tomando unos roncitos y disfrutando la brisa del mar. Poco a poco fueron yéndose a dormir. Quedamos Hernán y yo solos. Siempre he tenido una excelente relación con mi suegro. No fue raro que esa noche nos quedáramos conversando.

Desinhibida por el alcohol, y aún con la escena de hacía un rato en la cabeza me animé a preguntarle al viejo si había escuchado hablar de la clausumfobia. Fue un impulso y estaba casi convencida de que me diría que no tenía ni idea de qué le hablaba. Pero el viejo siempre me sorprendía con su sapiencia. Sonrió con complicidad y vi en sus ojos que conocía bien el tema y que se había dado cuenta de todo.

“Eres observadora, muchacha. Y eso que con los años he aprendido a controlarlo bastante bien”, me dijo. Yo no salía de mi asombro. Hernán continuó hablando. “Imagino que llegaste al asunto por Gustavo. ¿Cuántos episodios ha tenido? ¿Se ha puesto muy agresivo?”, no esperaba esas preguntas. Me dio una vergüenza tremenda. Me debo haber puesto roja como un tomate. Sobre todo por la última pregunta. No sé por qué. Quizás era vergüenza ajena, me apenaba como se podía estar sintiendo el viejo con todo esto. Acaso vergüenza conmigo misma. Porque sí que se ponía agresivo, y yo lo había soportado varias veces. No debí. Tenía que haberlo mandado al carajo la primera o la segunda vez. Es cierto que su violencia no era para conmigo, es verdad que fuera de esos casos nunca era agresivo, pero igual. Mi aquiescencia no me hacía feliz. Todo eso pensaba y a la vez buscaba qué respuestas debía dar a Hernán. Me zampé lo que quedaba de ron en mi vaso. No era poco. El viejo agarró enseguida la botella y nos sirvió a los dos. Su mirada transmitía tranquilidad. No me presionaba, me daba aire, me dejaba pensar un par de minutos, pero esperaba las respuestas.

“Ha tenido varios episodios”, le dije. “Y no, no se ha puesto muy agresivo”, mentí, “pero no es agradable el asunto. Me gustaría saber cómo le empezó esto. Me gustaría poder ayudarlo”, le dije, y me di cuenta de que toda la situación me provocaba una gran tristeza. Sentí ganas de llorar. Hernán quizás lo notó. Me habló con especial dulzura. “Yo no sé mucho de su caso, m’hija. El tema de las evasivas de la clausumfobia es fuerte, a mí me ha costado mucho poder controlarlo, poder incluso hablar conmigo mismo. Imagínate hablarlo con él”, me dijo, se tomó otro trago largo, siguió hablando. “Tampoco sé cómo le empezó el asunto, si habrá tenido algún episodio detonante. A mí me surgió hace muchos años por una vivencia puntual”, dijo enigmático, bebió más ron. “Un momento difícil de mi vida. Una situación que después evolucionó hacia esa repulsión irracional e incontrolable” dijo e hizo una larga pausa. Ambos nos quedamos en silencio durante un par de minutos. Me carcomía la curiosidad pero no me atrevía a pedirle que me contara algo tan íntimo. El viejo volvió a hablar.

“Pasó hace muchos años y debería ser un tema superado en mi vida, pero nunca he dejado de recordarlo. Y sabes, ¿qué?, no se lo he contado a casi nadie en éste mundo. Cuando aquello ocurrió, hace más de treinta años, se lo conté a Joaquín, mi mejor amigo. Murió el año pasado. Desde que el Joaco se fue, siento algo que me quema por dentro, como si esa historia pesara otra vez sobre mis hombros. Es una tontería, es una novelería, pero aunque Joaquín estaba muy flaco, y no podía caminar sin su bastón, y sus rodillas estaban débiles, aunque no lo parecía, era fuerte. Cargaba esa parte de mi historia como el mejor Hércules de barrio. Y ahora… ahora es como si me pesara el doble, casi como hace treinta años”, dijo el viejo y me pareció que le hablaba más al aire que a mí. Otra vez sentí esa vergüenza de estar entrando en un territorio íntimo donde no debía, y al mismo tiempo la curiosidad me picaba en todo el cuerpo. Los dos seguíamos tomando ron. El alcohol lo afloja todo. Eso era bueno. Eso era malo. No sé.



“Hacía días que venía sospechando algo raro. Por supuesto que no eso. No me pasaba por la cabeza que la vieja pudiera hacer algo así. A veces me entra ese sexto sentido que dicen que tienen las mujeres. Cuando me da esa cosa, ese pálpito, trato de no pensar mucho y seguir mi corazonada. Es como no pensar mucho y dejar que la vida hable por sí misma. Hacía varios días que al llegar del trabajo había algo que no me cuadraba en la casa. Nuestra dinámica había cambiado en algo y no me daba cuenta en qué. La cosa es que un día decidí salir antes del trabajo.

Vivíamos entonces en un casita pequeña, no obstante nuestra habitación era bastante amplia. Unos meses atrás habíamos comprado un armario grande de madera para cada uno. De cedro, recuerdo. Mis padres nos habían ayudado a pagarlo. Poco tiempo después de comprarlo, Zoila puso un candado pequeño a una de las puertas del closet. Me dijo que había recuerdos de su madre, de su abuela, de su infancia, algunas joyas heredadas y con historia en la familia. Cosas que le daba mucho miedo perder. Por nuestra casa pasaba mucha gente. Vivíamos con las puertas abiertas. Los vecinos entraban, conversaban, salían. Luego me diría dónde escondería la llave. Le dije que sí y me olvidé del maldito candado. Nunca mencionó otra vez lo de la llave, ni yo le pregunté.

Esa tarde llegué a casa poco después del mediodía. Un rato antes hablé con mi jefe, le dije que no me sentía bien. Me dijo que fuera tranquilo, que descansara, que el próximo día fuera temprano. Era miércoles, recuerdo. Paré como de costumbre en la cafetería que estaba en la esquina del taller. Hablé un par de boberías con el chino mientras tomaba un café y seguí viaje. Al llegar, le metí un grito a la vieja como de costumbre, tiré el sombrero sobre el sofá y fui a la cocina a tomar agua. Zoila salió del cuarto asombrada por mi llegada tan temprano. Le expliqué. Me preguntó si ya había almorzado. Todo parecía normal, igual que siempre. Le dije que no y fui al cuarto a cambiarme. Ella vino detrás de mí con cierta presteza que me pareció extraña. Me estaba quitando la ropa del trabajo …”, el viejo hizo una pausa para tomar aire y darse un trago largo.




Esa noche hablé largo rato con Hernán. Recuerdo que al otro día no podía pensar en otra cosa. Salí a caminar sola por la playa e iba recordando la intensa conversación que sostuvimos. Me di cuenta de que había estado bastante borracha. Cierto humo, cierta niebla espesa y blanca recubría las palabras del viejo en mi memoria. Mientras caminaba por la arena iba viendo una película en mi cabeza. Un film imaginario donde construía escenas a partir de lo escuchado la noche anterior, y tenía que ir agregando, claro, partes de mi imaginación. Ahora pienso que esa mañana aún algo de borrachera tenía. El alcohol que queda en sangre después de una curda larga. Un aletargamiento en la cabeza que hace al tiempo más lento. Recuerdo específicamente cómo construí toda una escena que el viejo no me contó porque no la vio, porque no la vivió, porque a lo sumo podría haberla creado en su cabeza, como hice yo.

No sé por qué, a partir de ese día, cada vez que Gustavo ha tenido un episodio de clausumfobia, me viene esa escena a la cabeza de forma recurrente. Una sucesión de imágenes totalmente inventada por mí. En los días que siguen al suceso, la veo y la veo. Ahora, mientras camino por las calles de Trinidad me pasa otra vez. Tantas veces la recreé, tantas veces vi ese fragmento cinematográfico en mi mente, que en algunos momentos dudo si no fue real. Si el viejo no me contó también aquello esa noche en Guanabo.




Zoila se peina ante el espejo y se pinta apenas los labios. Siente los tres golpes breves en la puerta. Se le tensan todos los músculos. Va a abrir. Hace semanas que repiten éste rito cada martes, pero aún se pone muy nerviosa. No sabe si por lo transgresor de lo que está haciendo, por lo indebido, o por la emoción que le da encontrarse con él. Cuando ella abre, él entra lo más rápido posible. Una vez que cierran la puerta con pestillo, ahí sí se abrazan, se acarician, se miran a los ojos, emocionados.

Ese día él está especialmente juguetón. Hace mucho calor. Está sudado, sofocado por el sol de la calle. Le dice que se bañen juntos. En la manguera. En ese patiecito interior tan lindo que no se ve desde casa de ningún vecino. Ella se niega, le dice que si está loco, y como con casi todas sus peticiones, primero se niega y enseguida lo complace. Se bañan semidesnudos en el patiecito, juegan, se ríen, se besan y siempre hablan en voz muy baja por temor a que alguien los escuche. Se les va el tiempo con el agua y los juegos. Él se tiene que ir corriendo. Se le acaba la hora libre que tiene en el trabajo. Le dice que vuelve mañana, que no puede quedarse con esas ganas toda la semana. Ella le dice que no, que es peligroso verse más de una vez por semana. Luego acepta.

Al día siguiente él aparece a la hora habitual. Todo igual que siempre salvo una pequeña diferencia, es miércoles, un día atravesado. Cuando se saludan ella nota que él está muy resfriado. Los dos se ríen, pícaros, y se besan con la misma intensidad de siempre. Van al cuarto, se abrazan, se tocan, se empiezan a quitar la ropa y poco después sienten el grito de saludo de Hernán desde la puerta de la calle.



Apenas disfruto los paseos por la ciudad. Tengo la cabeza en otro lado. Trinidad es seguramente una ciudad hermosa y sorprendente, pero la belleza siempre depende de por dónde estén las musas de uno. No existe per se, pienso.

Gustavo está más amoroso que nunca. Todo me parece un deja-vu. Siempre que mete la pata se pone así, que es una seda, que todo son cariños, caricias, cortesías. No debo ser injusta, él suele ser cariñoso. Ahora lo es más. Yo intento sonreír ante sus gestos pero se me nota que estoy mal. Sólo quiero caminar y pensar. O más bien sólo puedo. Las escenas me vienen a la cabeza una y otra vez y esa pregunta que me atormenta hace meses.

Caminando y caminando nos hemos alejado de la parte más turística de la ciudad. Yo no puedo parar de caminar y Gustavo me sigue fielmente. En estas calles hay polvo, carros ruidosos y casas ya no tan lindas. Se ven algunas viviendas muy humildes que contrastan con las casas arregladas y pintadas donde se alojan los turistas. Ese contraste abrocha mi tristeza.
Mi mente vuelve a las escenas con Zoila, a la conversación de aquella noche con el viejo. Hernán es un hombre muy correcto. Jamás dice palabrotas. Pero esa noche, mientras me contaba sus desvelos más íntimos, le salió de lo más profundo. “El muy maricón estornudó dentro del closet. Tenía mucho catarro, mucha alergia. No lo pudo evitar”, me dijo.

Pienso que la clausumfobia no tiene cura. Lo decía esa psicóloga noruega que leí en internet y Hernán era la prueba latente. Cómo se contagió Gustavo no lo sé. Quizás, cuando era niño, penetró en su subconsciente ver al padre con esa actitud. Tal vez hay un elemento genético que en un momento de la vida, ante una situación particular, explota. Yo tengo una teoría más peregrina. Su causa de aparición, en una persona con predisposición a la enfermedad, es el machismo. Ese padecimiento ancestral de la civilización. El machismo que enferma la mente del viejo porque no puede concebir que le pase eso cuando seguramente, como me dejó entrever, él estuvo con varias mujeres durante su matrimonio. El machismo que hace que Gustavo deje intempestivamente y sin consultarme el lugar donde nos vamos a quedar. Entonces me vuelve la pregunta que más me atormenta. ¿Será hereditaria esa fobia? ¿Puedo tener un hijo con Gustavo y arriesgarme a inocularle esa cosa?



Pienso que quiero doblar en la próxima esquina y que cada uno siga por su camino. No quiero tener que explicar nada, ni hablar durante horas dándole vueltas al asunto. Que terminar una relación de pareja sea así de sencillo. Tomo por otra calle, tomo otra ruta. Nada más. No quiere decir que no podamos cruzarnos mañana en un parque, o encontrarnos a tomar un café, pero ahora cada uno sigue su camino. Así de fácil. Así me gustaría.            

Daniel Silva Jiménez
La Habana-Buenos Aires / 2015
No corre aire. No pasa gente. No luz. No palabras. Salvo la primera, las otras ausencias son un alivio. El Gordo suda copiosamente aunque su piel se va relajando de a poco. Están sentados en el contén. Detrás un solar yermo, enfrente unas naves inmensas de almacenes abandonados. El Gordo tiene su pesada pierna puesta sobre un carnet. El documento está con la cara hacia el piso y apenas se leen los trazos apurados de la funcionaria que un día, de mala gana, escribió los datos de la persona que ahora no posee su identificación. El Jabao trata de respirar hondo para no perder la calma, mira hacia la esquina, al suelo, al cielo, se llena el pecho y trata de hablar calmado.

-Gordo, asere, eso se bota, loco, hazme caso a mí.

El Gordo no se inmuta. Desde algún televisor se escucha, lejana, la música del noticiero. El Jabao habla de nuevo.

-Son las ocho de la noche y yo tengo que salir. Matemos esta talla. Repartimos la guanza y cada uno se va para su casa contento. Coño, Gordo, asere, yo soy viejo en esto, escucha la voz de la experiencia. No te pongas majadero que ya tú no eres un niño – y su voz se empieza a alterar otra vez.

“Quién me manda a meterme con novatos. Me cago en mi madre setecientas veces”, piensa el Jabao, rechista, escupe y se queda diciendo que no con la cabeza. Se toca el cabo de la navaja, la agarra un instante, vuelve a respirar, la suelta.

El Gordo sigue sin responderle ni mirarlo. Tiene la vista fija al frente, perdida, junto a su mente, en otra parte. Hace unos días vio en la televisión un programa donde contaban cómo un director de cine hacía una de sus películas. Iba mirando la acción, a veces en una pequeña pantalla para ver el encuadre, otras directamente, para ver mejor a los actores. Cuando algo no le gusta grita “corten”, paran y hacen todo de nuevo. Al Gordo le encantó eso. Algún día voy a ser director de cine, pensó, pero no le dijo a nadie esa idea infantil. De grande nadie te pregunta que serás dentro de diez años. ¿Es que ya uno va a ser siempre lo mismo? Seguramente no, pero nadie te pregunta, y sonaría ridículo andarlo diciendo por ahí. Así que sólo dentro de él dice: “oye, no, no, para ahí, vamos atrás y hacemos todo de nuevo.  Así no va”, y le gusta como le queda.

Hoy por la tarde cuando se acabó el juego de cuatroesquinas, el Gordo y el Jabao se quedaron hablando como tantas veces. Se conocen desde todos los años. Para bajar al mundo el gordo José Manuel tiene que pasar por la puerta de casa de Michel. En sus veinticinco años sólo dejó de verlo en los tres que el Jabao estuvo en cana, o en el Cánada, cómo a él le gusta decirle. “El norte revuelto y brutal pero con calor y sin rubias, mi hermano”, decía el Jabao pocos días después de salir y se moría de risa, como si fuera gracioso. Pero eso fue hace meses y en el cuatroesquinas siempre juegan juntos.

-Asere, no tengo un peso, qué pasmadera.

-Y eso por qué, ambia, dónde tú metes el baro, loco.

-Qué baro, Jabao, con la mierda que gano. ¿Cuándo tú has visto a un profesor con dinero en éste país?

-Gordo, ¿y el negocito de vender jeans que tenías con Yanelys?

-Ese era mi salve, Miche, pero ahora mismo está muerto. No ha entrado nada.

Dice y se acuerda de Vanesa. Lo mata su sonrisa. Cuando está seria él lo sobrelleva y puede saludarla, conversar, y todo normal. Pero cuando sonríe le entra el calambre de las piernas, el problema de la respiración y la lucha porque ella no note nada. A José Manuel le cuesta conseguir novia. Intuye que se debe a que es muy gordo, pero no lo sabe. Tampoco quiere saberlo, porque él nunca ha podido dejar de ser gordo. Siempre es igual, cuando alguna ve que él tiene otra intención, huye. Vanesa es diferente. Eso sí lo sabe. Y también que no es como otras veces que pensó lo mismo.

-¿Y entonces? –dice el Jabao.

-¿El qué?

-Ah, Gordo, ¿en qué tú estás, asere? Te digo que si estás para ir a meter un pase esta noche conmigo y nos buscamos un poco de plata, que yo también estoy en cero.

José Manuel lo mira a los ojos y le suda frío la espalda. Le va a decir que no, que si está loco, que si no se acuerda ya del tanque, que no aprende. Y se acuerda de ella otra vez. Le dijo que el miércoles después de las clases fueran a comer algo, que él invitaba. Hoy es martes. ¿Cómo pasó una semana y no pudo conseguir un peso? Ella le dijo que sí y le soltó una sonrisa de esas terribles.

-¿Y cómo es esa talla, Michel? Yo no quiero hacerle daño a nadie, asere.

-Gordo, no vamos a hacer daño, vamos a quitarle el dinero. Si el tipo se porta bien se va tranquilito para su casa, sin un rasguño –se ríe irónico y se encoge de hombros.

El Gordo quiere decirle que además le vayan a robar a alguien que tenga dinero, que tenga mucho, que le sobre, a lo Robin Hood, pero se lo calla.

-Papa, no me gusta la idea, pero dale, me hace falta el dinero.

El Jabao se ríe, le da una palmada en el hombro y casi gritando:

-Eso es un hombre, viejo, ese es mi chamaco –dice, después baja la voz-. Voy al gao a hacer unas cosas y en media hora paso por ti. ¿Ok?

Le dice y sale caminando como si no vivieran en el mismo edificio y en la misma escalera. El Gordo mira la película y quisiera estar de director en lugar de actor. “Corteeeeen”, gritaría y cambiaría todo el guión. No sabe cómo mierda sería, pero de alguna forma en la que él no iba con el Jabao a ninguna parte. Lo va a llamar para decirle que olvide eso, que él no va, que él nunca ha hecho eso, que él es un chamaco bueno, pero el Jabao va caminando con demasiada decisión y no mira atrás ni una vez.

“Mañana es miércoles”, piensa. “Cuando termine mi clase, voy a ver a Vanesa y vamos a ir a comer algo”, se estruja la cara con las dos manos. “Hoy por única vez, José Manuel, tú no sirves para esto, compadre”, se dice y sale caminando en la misma dirección que su amigo.



-Gordo, este callejón está bueno para unos minutos pero no para más. Pasa alguien por la esquina, ve a dos locos sentados aquí, solos, de noche, y estamos fritos, mi hermano. ¿Tú quieres ir preso, asere? Saca la pata, bota el singao carnet, repartamos el dinero, nos vamos, y todo está bien.

El Gordo sigue sin hablar, pero ahora al menos lo mira. Su pie sigue inmóvil sobre el carnet. Un metro más allá está la billetera abierta con algunos billetes a medio salir.

-Repinga, Gordo –pierde la paciencia el Jabao, habla con los dientes apretados-, dime por lo menos en qué cojones estás pensando.

-Espérate, asere. Dime una cosa, ¿qué hiciste con la navaja?

-Ya te dije que nada, viejo, no jodas más.

El Gordo pestañea y vuelve a ver la escena de hace unos minutos en cámara rápida. El Jabao sale de atrás del árbol y con la navaja en la mano le pide todo. El hombre se mete la mano en el bolsillo, saca la billetera y cuando la estira para entregarla, le agarra la mano al Jabao y con la otra le mete un piñazo. El Gordo desde atrás carga su pesada zurda y la baja con todo sobre la cara del hombre que cae al piso. Ahí Michel le empieza dar patadas con las dos piernas, una con cada una, alternando. Hace rato que el Gordo quiere gritar “corten” con todas sus fuerzas, pero no puede ni hablar. El Jabao sigue y jamás le da dos veces con la misma pierna. “Ya, loco, deja eso”, le logra decir el Gordo, lo coge por la mano. “Pero tú viste el maricón éste cómo me dio por la cara” y le suelta otra patada. El Gordo mira un segundo al hombre que se retuerce en el piso tapándose la cabeza con las manos.

Salen caminando rápido. El Jabao se toca el ojo y palpa la hinchazón que se empieza a formar, rechista, dice algo bajito con rabia, saca la navaja y vuelve. El Gordo cierra los ojos, aprieta los párpados a más no poder. “Corten”, piensa. Hubiera querido coger a Michel por la mano y retenerlo. “Corteen”. Hubiera querido tener fuerzas para tirarlo de un empujón hasta la próxima esquina. “Corteeen”. Siente un grito. “Corteeeeeeeen, mierda, por qué nadie me hace caso aquí, cojones”. Vuelve a abrir los ojos y están caminando. “Dale, Gordo, camina rápido, muévete, loco, que no vas por la playa”, le dice, lo empuja el Jabao.



El Jabao se para lentamente de la acera. Habla despacio, con una voz desconocida.

-Gordo, tú eres como un hermano para mí, asere, tú lo sabes. Pero no te pases. Todo tiene un límite. Atiéndeme a mí. Yo voy a coger ahora la billetera, voy a sacar el dinero, voy a coger mi parte y te voy a dar la tuya. Tú te vas a quedar ahí tranquilito y no vas a hacer ninguna escenita como la de ahorita. Después, si tú quieres, nos vamos. Si quieres quedarte ahí sentado, te quedas. Yo me piro.

Comienza a sacudirse las manos sin dejar de mirar al Gordo que tiene otra vez la vista perdida al frente.



La mente del Gordo está unos minutos atrás. No logra pisar el presente. El director ha perdido hace años el control del tiempo y de la película toda. Es tan fuerte que lo vive todo de nuevo. Van caminando rápido. A José Manuel le parece que hace muchas horas que caminan sin parar. No tiene idea de dónde están, ni hacia donde van. Mil imágenes pasan por su mente. Se le vienen todas las escenas juntas y la cabeza le quiere explotar. “Dobla por aquí, éste callejón es el tipo”, dice Michel y dobla una vez más. Él ya no quiere ser director, ni gritar “corten”, sólo quiere que esa secuencia terrible deje de darle vueltas en la cabeza. “Parada técnica, Gordo”, el Jabao le pone la mano en la barriga para detenerlo, se sientan en el contén, cogen aire. El Jabao saca la billetera con naturalidad y busca el dinero. Lo saca y cuenta. “Veinticinco fulas, Gordo, hicimos el pan. La billetera no está mala, me quedo con ella, ¿o tú la quieres?”. Dice, vuelve a meter los billetes. “Así que bueno, son diez para mí, diez para ti y cinco para mi ojo que ya me lo siento bastante hinchado”, dice el Jabao y se ríe. “Bueno, asere, tengo que coger un poco más, soy un damnificado de guerra”, y se vuelve a reír. Michel empieza a sacar las cosas de los compartimentos de la billetera, a romper los papelitos y tarjetas. Saca el carnet ahora y otro documento. Al Gordo se le vienen encima todas las imágenes de una vez y le da un manotazo, “qué hiciste con la navaja, Michel, repinga”, forcejean con la billetera, el Jabao abre los ojos verdes inmensos, “pero qué pinga te pasa, Gordo”, siguen forcejeando, el carnet se cae al piso, la billetera también, el Gordo la patea, pone el pie sobre el carnet y le da un último empujón al Jabao, que lo mira asombrado.



El Jabao se sacude ahora el pantalón, siempre mirando al amigo. Da un paso hacia la billetera, vuelve a hablar.

-¿Estamos, Gordo? Si te pones pesado de nuevo, esto va a acabar mal, loco.

Se agacha, recoge la billetera. Una mujer pasa de largo por la esquina. Ambos la ven. El Jabao se apura. Saca el dinero, coge dos billetes de cinco, los tira encima del Gordo y se guarda el resto. “No cambias, asere. Yo pensé que te habías hecho hombrecito ya”, sentencia el Jabao y sale caminando. Dobla la esquina sin mirar atrás.

El Gordo se queda sólo y las imágenes siguen por todas partes. No quiere que nadie le pregunte qué va a ser cuando sea grande.


Daniel Silva Jiménez

Abril, 2012
A Yai, niña preciosa, chinita mía.

“Qué simpático el chinito”, me dijo Susana hace dos semanas y yo apenas le presté atención. Había un muchacho de ojos rasgados, con pelos largos y estirados sobre la cara, evidentemente asiático puro, sentado en el contén del barrio (como hace un siglo atrás, tal vez, cuando la gran inmigración china). Le sonreí por cortesía (a mi esposa), y seguí con el tema que veníamos conversando, seguramente más interesante que la presencia de un asiático en una calle del Vedado. 

En los días siguientes lo seguimos viendo, pero ya no solitario: varios compatriotas suyos lo acompañaban. A veces en el parque de la esquina, otras en la misma acera de la primera vez o en los portales de las casas vecinas. Conversando en su raro idioma, jugando a las cartas, escuchando música en pequeños aparaticos, y algunas veces, cosa curiosa (al menos para nosotros, occidentales ignorantes de culturas lejanas), sin hacer nada, sentados juntos, sin hablar, mirándose el pelo o el paisaje circundante, pensando vaya a saber en qué saberes.

Ya en los últimos días fue difícil llegar hasta la casa y seguir conversando tranquilamente como antaño (y no sé por qué ahora dos semanas me parecen un pasado tan lejano), sin comentar esta nueva presencia en el barrio; el chinito del primer día difuminado entre sus coterráneos. Estaban por todas partes. Hombres y mujeres, todos jóvenes. Un par de cuadras antes de llegar a la casa se les veía en las aceras, en los jardines, jugando con una pelota, conversando, pelándose, o alrededor de una mesa haciendo algo que no comprendíamos en nuestro paso de miradas indiscretas.

Hoy cuando salí para el trabajo y vi a uno de ellos desperezándose en el portal de mi edificio, como si hubiera dormido en la casa de abajo,  tuve un presentimiento, una mala espina, una sensación de que algo no andaba bien. Pero aparté esa idea de mi cabeza y seguí mi camino. No hay que atribularse por boberías, me dije, por cosas sin importancia, por ideas que uno se hace, por prejuicios tontos. Luego mucho calor, reuniones, tanto trabajo que no pensé más en eso.

Hace unas horas, cuando estábamos preparando la comida, tocaron a la puerta. “¿Esperas a alguien?”, yo con cara extrañada, poniéndome un pulóver, me dirigí a abrir la puerta de la escalera. “No, yo no quedé con nadie”, Susana también con cara de asombro pero sin darle importancia siguió echando especias a la cazuela en el fuego. Halé el cordelito, se abrió la puerta de la calle y vi aparecer allá abajo a dos chinitos jóvenes y sonrientes. Una muchacha y un muchacho. “Hola, qué desean, a quién buscan”, dije algo asombrado. “Ge buei poeng you, ta tia jao”, dijo el varón levantando la mano, luego cerró despacito la puerta y comenzaron a subir. Ella con una mochila no muy grande en la espalda, él con un maletín en la mano. “¿Cómo?” dije atribulado, sin entender nada. “No hablo chino”, volví a decir, despacio, articulando enfáticamente, y enseguida me di cuenta de lo tonto que había sido decir eso. “Wo men yao je nimen ichi tugüo yo tian”, dijo ella en un tono que me pareció amable. Los dos sin dejar de sonreír. Ambos parados frente a mí, un par de escalones debajo, estrechándome las manos. Yo no podía salir de mi asombro, ni abrir más lo ojos, inmensos ahora, en contraste con los de ellos: ínfimos. Les estreché la mía a falta de opciones. Ellos correspondieron haciendo reverencias, sonriendo más aún. “Pero, no entiendo, espérense un momento”, balbuceé, “do you speak english?”, dije tomando aliento, sintiéndome aliviado por un momento. Ellos sonreían y asentían con gesto pronunciado. Continuaron subiendo, me pasaron por al lado (yo estaba paralizado, absolutamente incapaz de hacer nada) y se dirigieron hacia la puerta de nuestro apartamento. “Tue pu chi. Women je nimen sai ichi jen kaixin”, dijo ahora él, con el mismo tono amable y la sonrisa perenne, dirigiéndose a Susana que franqueaba la puerta, estupefacta también, alternando su mirada atónita entre ellos y yo. Levantando las cejas, abriendo los brazos (la espumadera en una mano), “qué es esto”, me decía sin hablar, enlentencida, estrechándole la mano a los dos chinitos, que de nuevo hacían reverencias pronunciadas. La muchacha empujó a Susana con gesto de seda, y dando un paso elegante, entraron a la casa ante la petrificación de mi esposa. Susana me miraba exigiéndome una explicación, y yo no podía hacer otra cosa que encoger los hombros, y devolverle la exigencia.

Los chinitos se instalaron en el otro cuarto. No sé cómo supieron cuál era el nuestro porque en ambos hay una cama, bien tendidas las dos. Cuando entramos ya estaban sacando algunas cosas de sus bolsos. Mientras ella ponía los enseres de ducharse en el baño, él nos entregó un obsequio a cada uno: un llavero con el mapa de China a mí, y un colorido jueguito de collar y pulsera a Susana. Sin dejar de sonreír en cada paso que daban, ayudaron a terminar de hacer la comida, a poner la mesa. Apenas hablaron entre ellos, quizás por respeto, al ver que nosotros también nos dirigíamos muy poco la palabra.

Al finalizar la cena nos hicieron entender que ellos fregarían. Dejaron la cocina muy limpia, sus palitos escurriéndose junto al resto de los cubiertos. Se bañaron después de nosotros y cerraron la puerta del cuarto, diciendo adiós con la mano y haciendo una reverencia, la última de la noche.

No puedo conciliar el sueño. Susana ya lo consiguió. La miro con envidia. Por momentos me da miedo que vayan a hacer algo mientras dormimos, aunque tenían una cara tan apacible. He pensado en ir a avisarles a nuestros vecinos de enfrente, a decirles que no abran la puerta, pero me parece que va a ser en vano. Que es inevitable. Cierro lo ojos, trato de dormirme, de no pensar más. Mañana será otro día.

Daniel Silva Jiménez

marzo de 2008
Sus labios rojos hoy me lo parecen más que nunca. Sus ojos están tristes, pero su boca siempre esconde una sonrisa. Ella es tal vez la felicidad de mañana. La conocí hace dos meses. Pasé esos siglos en el paraíso. Mi ínfimo cuarto se convirtió en un palacio. Dije el último adiós con los ojos cerrados. Evité el ardor de ver su tez de hada. Abrí los ojos de nuevo y el oficial me puso el último cuño. “Salida definitiva”. Crucé la puerta. La cobardía es asunto también de los amantes.

Daniel Silva Jiménez

Noviembre, 2008
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